Pedro pregunta límites: “¿Hasta siete veces, Señor?”. Jesús le revienta el cálculo: “Setenta veces siete”. Se acabaron las cuentas. El rencor no tiene cabida.
Y para que quede claro, suelta la parábola más incómoda. Un siervo debía diez mil talentos. ¡La deuda de un imperio! El rey, al verlo suplicar, le condona “todo” y deja la deuda a cero. ¡Libre! Ese siervo sale, encuentra a otro que le debe cien denarios, un sueldo de tres meses, lo agarra del cuello y le exige el pago. ¡Qué hipocresía!
Y esto, ¿nos suena? Pasa siempre. Entre hermanos de sangre, y también entre hermanos de fe. Una palabra, un cargo, una herencia, y rompemos la comunión. Ahí está el problema.
Dios nos ha perdonado una deuda astronómica: nuestros pecados, nuestros fracasos. Pero nosotros, ¿ahogamos a nuestro hermano por un disgusto? Esa conducta canceló el perdón del siervo.
Llega el golpe definitivo: el Padrenuestro reza “perdona como nosotros perdonamos”. ¡Cuidado! No es un verso bonito, es un contrato. Pides que Dios te mida igual. Si aprietas el puño, el Padre aprieta el suyo. Si abres la mano, Él abre las compuertas. Suelta esa deuda. Perdona, aunque duela. Perdona, aunque no lo merezca. No…no es opcional. ¡Es cuestión de vida eterna!
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