Un rey celebra la boda de su hijo. Todo listo: el banquete, el vino, la fiesta. Envía a llamar a los invitados.
Y ellos… pasan. Uno se va a su campo, otro a su negocio, otros agarran a los mensajeros y los matan.
Dios no habla de un funeral, ni de un tribunal. Habla de una boda. Porque Jesús no viene a imponer una ley, viene a desposarse con la humanidad. Es el Novio. Y la fe no es una obligación: es un enamoramiento al que se puede decir que no.
¿Quiénes son hoy los que rechazan la invitación?
Los que están demasiado ocupados para Dios: el trabajo, el móvil, el éxito, la agenda. No odian a Jesús, simplemente no tienen tiempo.
Ese “ya iré” que nunca llega. Esa indiferencia que mata al mensajero sin darse cuenta: al que invita, lo ridiculizan; a la Iglesia que convoca, la ignoran.
Entonces Dios sale a la calle, a las periferias, a los que nadie invitaría: malos y buenos, con una condición: el vestido de boda.
No basta con colarse en la fiesta. Hay que cambiarse por dentro. Puedes estar dentro del templo y sin vestido: sin conversión, sin caridad, disfrazado de creyente.
La boda ya empezó. La pregunta no es si estás dentro. Es si vas vestido para ella.
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