“GENTILEZA”, “HONESTIDAD”, “LEALTAD” – OTRA CARACTERÍSTICA DEL CRISTIANO DEL FUTURO (Card. John Henri Newman)

Podríamos llegar a la convicción  de que todo vale, todo es admisible, todo es válido. La sociedad plural en la que vivimos tiende a crear espacios para todos y a evitar todo tipo de guerras de religión o violencias ideológicas. Esta legítima actitud de tolerancia podría extinguir en nosotros la pasión por la verdad.

John Henri Newman diseña un modelo de cristiano con futuro dentro de nuestra sociedad democrática y tolerante.  En su vida tuvo experiencia de la pluralidad: desde un aprecio de la vida virtuosa sin religión, hasta  la vida evangélica en el anglicanismo y después en el catolicismo. El sufrimiento y la enfermedad acompañaron sus pasos iniciáticos. En su obra “Apologia pro vita sua” presenta la historia de sus ideas religiosas y se presenta como  un gran inglés y un gran católico. Escribió la Apologia para defenderse de las acusaciones de ser “mentiroso, hipócrita y taimado”, y como alguien “que ha renunciado a tanto de lo que amaba y estimaba en mucho y que podría haber conservado, pero él amaba la honestidad más que la fama, y la Verdad más que a sus queridos amigos.” 

El cristiano desde esta perspectiva es una persona leal a sus convicciones, a su conciencia. Para ello no ha de renunciar a su ciudadanía, a su cultura, a su compromiso social y político; pero tampoco ha de renunciar a su experiencia más íntima, a la verdad que se apodera del Él, a la Providencia que conduce su vida. 

El cristiano del futuro es aquella persona que abandona sus seguridades y garantías humanas; apuesta por algo que está fuera de él y que es infinitamente más cierto que todas nuestras certezas humanas. El fundamento último de su fe es Dios mismo, su verdad y fidelidad manifestadas. No en vano, la palabra hebrea para expresar la acción de creer es “amán”, es decir, estar firme, seguro, cierto. Todavía hoy conocemos esta palabra por el “amén” del lenguaje litúrgico. Podríamos decir que creer significa, por tanto, decir amén a Dios con todas sus consecuencias (G. Ebeling). Quien confía en el Señor, ¡nunca será defraudado!

El cristiano del futuro es un ser humano que con la sensibilidad de la fe amorosa descubre el sentido total en lo fragmentario. Un arqueólogo sólo tiene hallazgos aislados de muros, monedas, inscripciones y, quizá, testimonios literarios relativos a ello. En virtud de tales testimonios, con frecuencia escasos, reconstruye, no sin un factor de intuición e imaginación, todo un edificio e incluso, con frecuencia, toda una época cultural. Sólo esa intuición permite entender realmente los hallazgos individuales. Tomás de Aquino dijo “ubi amor ibi oculus” (donde hay amor, allí hay también un ojo”). El verdadero amor no ciega, sino que hace ver; sólo él descubre a otra persona como digna de fe y de amor. Algo así ocurre con la luz de la fe: sólo ella nos hace conocer la realidad en toda su altura y profundidad. El que cree ve más. 

El cristiano del futuro es leal a Cristo Jesús y a su Iglesia. Su centro es la persona viva de Jesucristo: “todo espíritu que no reconoce que Jesucristo ha venido en la carne, no es Dios…; éste es el espíritu del Anticristo” (1 Jn 4:3). Es difícil creer. Es un don, que hay que acoger en libertad, al que hay que abrirse con humildad. 

El creyente de nuestro tiempo ha de hacer real la fe en su propia existencia, implicándose personalmente en ella: una fe encendida en el amor y, por consiguiente, dotada de ojos, manos y pies; capaz de conocer, de transformar la realidad y de convertirse en un principio de acción: “Dios no me ha creado sin un motivo. Haré el bien, llevaré a cabo su obra. Seré un ángel de paz, y, sin pretenderlo, un predicador de la verdad en mi propio lugar, si me limito a cumplir sus mandamientos” (J. H. Neuman, “Meditations and Devotions”, Longmans, Green and CO, London, 3ª edi., 1955, p.217).

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