LA MÍSTICA DE LA INTERCONEXIÓN: dos frases de Gregory Bateson para una espiritualidad ecosistémica

«En este mundo traidor,
nada es verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.»
(Ramón de Campoamor, «Las dos linternas»).

En nuestro Parlamento la división es muy notoria. La guerra ideológica permanente. El aplauso de todos los parlamentarios durante 7 minutos tras el discurso del Papa León en la sede de la soberanía popular ¿fue verdad o un misterioso espejismo?

Dos frases que no se olvidan

Hay frases que se quedan a vivir en la memoria. Gregory Bateson (1904-1980), antropólogo, biólogo y pensador de espíritu inclasificable, dejó dos de ellas: «ecología de la mente» y «¡sólo la totalidad es sagrada!». La primera parece científica y la segunda religiosa. Leídas juntas, dicen que la realidad entera es una trama viva y que esa trama merece reverencia.

Bateson no era un autor cristiano, y conviene decirlo con claridad. Pero a veces un pensador que mira desde fuera descubre en la casa común una habitación que sus habitantes habían dejado a oscuras. Esa es la invitación de estas páginas.

La mente no cabe en una cabeza

La expresión «ecología de la mente» desconcierta a primera vista. La ecología estudia cómo se relacionan las plantas, los animales, el suelo y el clima. La mente, en cambio, suele imaginarse como un tesoro privado guardado dentro del cráneo.

Bateson propone mirar de otro modo. Para él, lo mental ocurre allí donde hay información que circula, y esa información no se detiene en la piel. Recorre el cuerpo, pasa al entorno, vuelve transformada. El girasol que gira hacia el sol, la persona que responde a una sonrisa, el bosque que se ajusta a las lluvias: en todos ellos hay circuitos que conectan y responden.

Y una idea, en este mundo, no es un objeto. Es, según su célebre fórmula, «una diferencia que hace una diferencia». Una mirada, una palabra o un silencio cambian algo en quien los recibe, y ese cambio a su vez cambia otras cosas. Vivir es estar metido en esa cadena de respuestas.

Bajo esta luz, el «yo» deja de ser una isla. Es un nudo provisional en una red mucho más amplia, un lugar donde los hilos se cruzan, se tensan y se hacen conscientes.

«Sólo la totalidad es sagrada»

La segunda frase es una advertencia. Bateson veía un error de fondo en buena parte del pensamiento moderno: la costumbre de partir la realidad en trozos y tratarlos como si existieran por separado. Separar la mente del cuerpo, la razón del sentimiento, el ser humano de la naturaleza. Y luego sorprenderse de que el mundo, así troceado, enferme.

Quien analiza solo piezas sueltas puede acumular datos y perder lo esencial. Lo sagrado no se encuentra disecando, porque no es un objeto entre otros ni una pieza más del mecanismo. Es el conjunto vivo y armónico de las relaciones que sostiene todo lo que existe.

De ahí brotan dos consecuencias:

  • La humildad. Si el individuo es una parte pequeña de una sabiduría mayor, no puede erigirse en dueño de la creación. Intentar dominar un fragmento de la biosfera aislándolo del resto rompe una unidad que nadie ha fabricado.
  • La reverencia. Ante lo que sostiene la vida y no se puede abarcar, el gesto adecuado es el asombro. Cuando se pierde, la vida se mide solo en cifras, y Bateson veía en la lógica del dinero y del control un modo de profanación.

¿Y si el cristianismo ya lo sabía?

Aquí la conversación se vuelve fecunda, porque la fe cristiana lleva veinte siglos diciendo, con otras palabras, algo muy parecido.

San Pablo anuncia que en Cristo «todo se mantiene en él» (Col 1,17) y que Dios es aquel en quien «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). La realidad, en esta mirada, no está formada por piezas yuxtapuestas. Está sostenida desde dentro por una presencia que la une.

El cuarto Evangelio pone en labios de Jesús la oración más relacional que existe: «que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti» (Jn 17,21). La unidad que se pide no es uniformidad. Es comunión, es decir, circuito vivo de amor.

La teología trinitaria va aún más lejos. Dios mismo es relación: Padre, Hijo y Espíritu en una entrega mutua que los Padres griegos llamaron perichóresis, una danza de mutua habitación. Si Dios es comunión, la comunión no es un adorno de la creación. Es su gramática más profunda.

San Francisco de Asís lo cantó sin necesidad de tratados: hermano sol, hermana luna, hermana agua, hermano fuego. Y el papa Francisco lo recogió en una frase que Bateson habría suscrito: «todo está conectado» (Laudato si’).

De «cuerpo místico» a «mística de la interconexión»

La tradición cristiana tiene una imagen magnífica: el Cuerpo místico, la Iglesia como organismo vivo donde cada miembro necesita de los demás («si un miembro sufre, todos sufren con él», 1 Cor 12,26). Es una imagen verdadera y hermosa.

Pero la mirada de Bateson invita a ensancharla. ¿Y si el cuerpo no terminara en las puertas del templo? ¿Y si la red de comunión que la fe contempla en la Iglesia fuera la forma visible de una trama más vasta, que abarca la humanidad entera, la tierra, los océanos, las estrellas?

Eso es lo que podría llamarse mística de la interconexión: la experiencia, a la vez sencilla y vertiginosa, de que nada existe en soledad, de que cada vida se sostiene en otras, de que cada gesto resuena más allá de lo que se ve. Y de que esa trama no es ciega, sino que tiene un centro de amor que los creyentes se atreven a llamar Padre.

Una mística así no huye del mundo. Lo ve de otra manera. Lo que antes parecía un «entorno» se convierte en parte del propio cuerpo, y lo que parecía «los otros» se revela como prolongación de uno mismo.

Lo que cambia en la vida diaria

Una espiritualidad no se mide por sus ideas, sino por lo que cambia en el modo de vivir. Esta mística tiene consecuencias muy concretas:

  1. La oración se ensancha. Orar deja de ser un asunto privado entre un alma y Dios. Es entrar en la corriente de comunión en la que ya se está, y llevar en el corazón a los que sufren, a los ausentes, a la tierra herida.
  2. La ética se vuelve ecológica. Cuidar el entorno no es una causa más entre otras. Es un acto de fidelidad a la creación como cuerpo común. Dañar un río es herir una parte de uno mismo.
  3. El perdón gana sentido. Si todo está entrelazado, el rencor y la ruptura no solo hieren a otro. Rompen un hilo de la red, y reconciliar es recomponerla.
  4. La muerte pierde algo de su sombra. Si el «yo» es un nudo provisional, su deshacerse no destruye la trama. Bateson intuía que las ideas verdaderas siguen vivas en los demás y en el tejido del mundo. La fe cristiana dice más: lo que se ha amado queda acogido en Dios, donde nada se pierde.
  5. La humildad se hace alegría. Saberse pequeño en un todo inmenso no humilla. Libera de la carga de sostenerlo todo y devuelve la confianza de ser sostenido.

La totalidad como casa

«Sólo la totalidad es sagrada.» Un cristiano podría escuchar esta frase con una sonrisa de reconocimiento y completarla con una palabra más: la totalidad es sagrada porque alguien la habita y la ama. El misterio que Bateson llamaba «lo sagrado» y la fe llama «Dios» se encuentran en un punto: ninguno de los dos se deja encerrar en una parte.

Puede que esta sea la tarea espiritual de nuestro tiempo: pasar de una fe que contempla el mundo como escenario a otra que lo reconoce como casa común y cuerpo compartido. Desaprender la fragmentación, aprender de nuevo a decir «nosotros» con la tierra, con los pueblos, con los vivos y con los que ya no están.

Allí donde dos vidas se tocan, donde un gesto de bondad se propaga, donde una oración sube sin saber por qué cauces, ya sucede lo que Bateson sospechaba y la fe confiesa: que todo está unido, y que esa unión es santa.


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