Hoy la Palabra de Dios nos devuelve una palabra que el mundo va olvidando: sabiduría.
No es lo mismo que ciencia. Hoy sabemos muchísimo y, sin embargo, a veces falta lo esencial: saber para qué. Una gota de sabiduría vale más que mares de saberes. La sabiduría habla poco, pero muy bien. No da discursos: da sentido.
Y el libro de la Sabiduría trae una noticia preciosa: ella misma sale al encuentro. Se deja ver por quienes la aman, aborda a los caminantes, les sale al paso en cada pensamiento. Y quien madruga la encuentra sentada a la puerta. No hace falta ser erudito. Solo hace falta desearla.
Después, san Pablo toca la herida más honda: la muerte. Todos tenemos nombres que se nos han ido. Pablo no dice que no duela. Dice que no nos aflijamos como quienes no tienen esperanza, porque Dios, por medio de Jesús, llevará consigo a los que duermen en él. Y llega la frase más hermosa: «Estaremos siempre con el Señor». Esa es la sabiduría que da sentido al sinsentido de la muerte.
Y el Evangelio nos avisa: «Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora». Lo decisivo de la vida es imprevisible: cuándo llegará la gracia en medio de la desgracia, cuándo se nos aclarará una vocación, cuándo será la despedida que no esperábamos. Programamos muchísimo, pero no controlamos nada de lo esencial.
Por eso velar no es vivir con miedo. Es vivir con sabiduría. Decía Kierkegaard que vivía cada instante como si fuera el último de su vida. Y Jesús lo dice con sencillez: «Le basta a cada día su afán». Las vírgenes prudentes tampoco sabían la hora, pero tenían aceite. Es decir: tenían el presente lleno. Lleno de amor, de fidelidad cotidiana, de pequeños gestos hechos a tiempo. Quien vive así no se sorprende; nada lo pilla desprevenido.
Hay una imagen que puede acompañarnos esta semana: la Sabiduría, sentada a la puerta, esperando. Y nosotros, tan ocupados con mil asuntos, pasando de largo sin mirar. Quizá hoy esté en una conversación pendiente, en alguien que sufre, en un rato de silencio que siempre aplazamos.
Quedémonos con una pregunta, en silencio: si esta noche llegara el Esposo, ¿qué llevaría yo en la lámpara?
María, la Virgen, fue Sedes Sapientiae, morada de la Sabiduría, porque la deseó y le abrió la puerta. Que ella nos enseñe a vivir despiertos, con aceite en las lámparas y la puerta abierta.
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