Módulo 2: CONSAGRACIÓN CARISMÁTICA Y CARISMAS

Módulo 2 – CONSAGRACIÓN CARISMÁTICA Y CARISMAS

Prof. José Cristo Rey García Paredes

La llamada, la vocación –tanto fundamental como particular- que está en el origen de cada forma de vida cristiana desvela, en su dinamismo, un segundo elemento de enorme importancia: se trata de la consagración carismática, o del carisma como consagración. En los relatos bíblicos de vocación, a los que hice referencia en el capítulo anterior, se introduce este elemento, cuando quien es llamado por Dios, objeta, presenta su radical dificultad ante aquello que se le propone. Entonces Dios, por medio de su mensajero o su mediación, le hace ver que no le faltará la ayuda de su Espíritu, que se sentirá en todo momento acompañado y habilitado para realizar aquello que –de otra forma- parecería «tarea imposible». Hoy nos referimos a esta realidad con los términos de consagración, carisma, habilitación. Y en todo ello, reconocemos que es el Espíritu de Dios quien tiene y ejerce todo el protagonismo.

Cuando Jesús llamó a sus discípulos-pescadores, no sólo los llamó al seguimiento, sino que les prometió que los haría ser aquello a lo que habían sido llamados: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres» (Mt 4,19). Esa promesa implicaba una transformación interior, un agraciamiento carismático. Es el Espíritu, que Jesús prometió, quien habilita a sus discípulos para responder adecuadamente a la llamada. Aunque se tienda –en la reflexión teológica y espiritual- a reservar la categoría de consagración a las vocaciones particulares al ministerio ordenado y la vida consagrada, sin embargo, el acontecimiento de consagración y unción corresponde a todo proceso vocacional, sea de forma explícita o implícita.

Objetivo de esta sección segunda es descubrir cómo se constituye y actúa el fenómeno de la habilitación carismática y consecratoria en cada una de las formas de vida cristiana y cómo todo ello redunda en la gran comunión del Pueblo consagrado de Dios.

Signos del Espíritu y contextos carismáticos: Consagración epocal

La vocación del ser humano es sub-lime, está “sub limen”, es trascen­dente, en cierta medida, inalcanzable. ¿Quién puede por sí mismo, y da­das las circunstancias de nuestra historia, afectada por el pecado, realizar una llamada sobrenatural –como diría Henri de Lubac-, que excede las capacidades de nuestra naturaleza? ¿Quién puede realizar su vocación de ser imagen y semejanza de Dios en el tiempo y el lugar en que nos ha to­cado vivir? ¿Deberá el Creador desdecir sus palabras y cambiar los térmi­nos de su llamada? ¿Habrá que decir que se trata de una llamada utópica, un ideal inalcanzable?

¡El Espíritu de Dios viene en ayuda de nuestra debilidad! Lo que pa­rece imposible a los humanos es posible para Dios. Su Espíritu nos con­sagra, nos habilita, y hace posible la re-creación, la salida del caos, lo que parecía imposible. Dios no lo hace sólo de una manera puntual, o sacral, o ritual. Dios nos consagra con su Espíritu también a través del espíritu del tiempo; también, como es obvio, a través del Espíritu creador. Esto es algo que ordinariamente no se tiene en cuenta. Hay una especie de consa­gración epocal, de carisma concedido como «signos de los tiempos». También hay una consagración más particular, que habilita a los grupos, a las parejas, a los individuos para realizar aquella dimensión vocacional que le corresponde; es lo que llamamos carisma. A todos estos aspectos voy a atender en este 2 módulo

Antes de hablar del acontecimiento de la consagración particular, he querido hablar en este Módulo sobre la presencia del Espíritu en la historia, que he dado en llamar «consagración epocal». Para ello he recurrido a la gran tradición apocalíptica –tanto en su dimensión religiosa como secular- que divide la historia en diferentes períodos y afirma que la etapa última es la propia del Espíritu. Pienso que es legítimo entender así el momento actual, como tiempo del Espíritu, como Pentecostés epocal. Donde la actividad del Espíritu se advierte es, ante todo, en todo aquello que moviliza a las personas y a los grupos hacia la creación, hacia lo nuevo. Las afirmaciones fundamentales de este capítulo –que por sí solas parecerían infundadas-, se basan en reflexiones previas, sobre todo en el volumen II de esta obra, donde hablo sobre el fundamento antropológico y pneumatológico de las formas de vida cristiana. Esto dicho, podemos llegar a las siguientes conclusiones:

  • 1. Es necesario recuperar las grandes intuiciones de la apocalíptica, especialmente de la apocalíptica cristiana. Si es verdad que nadie puede anticiparse a los momentos históricos que sólo dependen de la voluntad del Abbá, sí que es cierto que una vez acontecidos y revelados, pueden ser interpretados en el conjunto de la revelación. No es, en manera alguna temerario, afirmar que nos encontramos en la era del Espíritu. Aconteció el Pentecostés incial, que se convierte en Pentecostés continuado. Este Pentecostés se experimenta también en la secularidad. El ser humano alcanza cotas de mayor espiritualidad y comprensión espiritual de la historia.
  • 2. Le época posmoderna en la que nos encontramos propicia una peculiar experiencia del espíritu. Siguiendo la imagen de Nietzsche bien podemos decir que se está produciendo la metamorfosis del león en niño. Por lo menos, es eso, lo que más se añora allí donde el ser humano está convertido en león carnicero. La llegada de un nuevo tiempo, con ciertas características de debilidad y fragmentariedad, revela una nueva fase del Espíritu que en nosotros se hace historia.
  • 3. El Espíritu Santo se nos ha revelado como Gracia y como Discreción. Participa de la discreción de Dios. No se sabe de dónde viene, ni a dónde va. Es como un viento impetuoso que todo lo moviliza, lo llena de fecundidad y creatividad. Actúa, transforma, y sin embargo, pasa desapercibido. Es el Espíritu de Jesús, del Abbá.
  • 4. El Espíritu actúa en la historia a través de los movimientos históricos, de los carismáticos y de sus carismas. Estos movimientos suelen partir de un movimiento carismático no fácil de discernir. Puede partir de un personaje, o de un grupo. No es fácil saber si el fenómeno brota siempre de actitudes sanas o enfermizas, de relaciones adecuadas o un poco morbosas. En todo caso, es claro, que el fenómeno carismático produce una admirable movilización social y es generador de etapas nuevas en la historia pequeña de los grupos.
  • 5. Fenómeno carismático, mucho más común, de lo que podría sospecharse es el “estado naciente” que se produce en todos los fenómenos de enamoramiento; o es el fenómeno de enamoramiento que se produce en todas las situaciones de “estado naciente”. La fenomenología social y psicológica se reproduce a pequeña escala en el fenómeno del amor romántico. Esto nos indica, entre otras cosas, que la vocación de pareja, que la adhesión afectiva y apasionada a un grupo, son aspectos del fenómeno carismático.
  • 6. El estilo carismático tiene que ver con la estética que los fenómenos espirituales generan, y las improntas permanentes que dejan. Las formas estables de vida, precisamente por su connatural tendencia a la estabilidad, transforman fácilmente el carisma en estilo, en estilo carismático. Entendemos, en este caso, el estilo, como la forma estable que en un grupo o persona asume el carisma.
  • 7. Es discreto -desde la perspectiva de Dios- el modo cómo el Espíritu consagra la historia, el tiempo. Es una consagración colectiva, no ritualizada, no sacral. Pero se trata de una auténtica consagración. Suelen ser denominados sus efectos como “signos de los tiempos” o “signos del Espíritu”. La importancia que esto tiene para la teología de las formas de vida es notoria. Cada ser humano vive en estrecha interacción con el sistema histórico en que está inserto.

Bajo el influjo del carisma de Jesús: Consagración cristiana

Afirmar que el Espíritu de Dios consagra cada época, unge a cada grupo humano a través de acontecimientos carismáticos y creaciones de estilos, ¿no es sacralizar excesivamente la realidad histórica o profanar peligrosamente la actividad santa de Dios? Para responder a esta cuestión hablaré en este capítulo de cómo el Espíritu actúa en el mundo a través de la mediación de Jesús, nuestro Señor Resucitado. Analizaré, en primer lugar, la relevancia cristológica del liderazgo carismático de Jesús en la iglesia; a partir de ahí, estudiaré los liderazgos carismáticos que se producen entre los seguidores y seguidoras de Jesús, tanto a nivel colectivo, como individual.

El estudio del fenómeno carismático nos ha llevado hasta el mismo Jesús de Nazaret. Durante su vida él fue el líder carismático de sus discípulos y discípulas. Lo sigue siendo después de su muerte y resurrección. La referencia a Él afecta profundamente al modo de comprender lo carismático en la iglesia. De todo ello se deducen algunas conclusiones:

  • 1. Para definir teológicamente el carisma no basta hacerlo en el contexto de la pneumatología; es necesario pensarlo también en el contexto de la cristología. En quien se verifica –de modo excelente- la noción antropológico-sociológica de carisma es en Jesús. Él ejerció un liderazgo tal y desprendió una irradiación carismática tan fuerte, que fundó la iglesia y creó el movimiento cristiano. Nuestra fe en Jesús, como hijo de Dios e hijo del Hombre, confiere a este concepto cristológico de carisma un valor universal y trascendente. Para nosotros, en Jesús se encuentra el carisma por excelencia: “estaba lleno de Espíritu Santo”. Él es –tanto en su vida histórica, como en su estado de Señor resucitado- el archiguía, el líder incuestionable e insustituible, la fuente permanente de lo carismático en la iglesia, el Kyrios. Él es, entonces, el primer analogado a la hora de entender el fenómeno carismático dentro de la humanidad.
  • 2. La fuerza carismática que reside en Jesús tiene y tuvo una fuente: el amor del Abbá, el Espíritu del Abbá derramado profusamente, sin medida, sobre Él. Ese amor lo hacía creador, elocuente en sus palabras, transformador en sus gestos, perenne en los buenos efectos de sus acciones: «nadie ha hablado como Él», «todo lo hizo bien», «pasó haciendo el bien», «seduce al pueblo»… Semejantes expresiones indican la irradiación carismática del Jesús histórico. Cuando Jesús quería dar razón de lo que le ocurría, siempre se remitía a su fuente, a su Abbá, al Espíritu derramado sobre Él.
  • 3. El carisma de Jesús encuentra continuación en quienes, por su íntima unión con Él y su docilidad a la fuerza interior del Espíritu, son campos magnéticos para los demás. Son válidos en la medida en que reproducen en sí mismos la fuerza atractiva de Jesús y remiten a Él como líder incuestionable. En este sentido, hay que reconocer que el carisma de Jesús ha encontrado una admirable continuidad en su iglesia y en todos los tiempos. La pluriforme carismaticidad de la iglesia, reflejada en todos sus estamentos y formas de vida lo revela. El magnetismo carismático de Jesús, siendo único, se irradia y actúa en múltiples campos. En ellos y desde ellos el Señor elevado en la Cruz atrae irresistiblemente a quienes el Padre le ha dado.
  • 4. En los fundadores/as carismáticos se descubre un rico mundo interior; que actúa como imán, como catalizador de fuerzas, como inspiración y como vida que se transmite. El carisma de fundación –sea de forma de vida o de estilo de misión, sea de instituciones o de comunidades, sea de formas de vida consagrada o de formas de vida secular- nace de una comunión muy estrecha con el Espíritu del Abbá y de Jesús. La energía carismática que corre por las vidas de fundadores y fundadoras no es otra que la fuerza de Dios, que resucita a Jesús de entre los muertos y es capaz de someterlo todo (Filp 3,21). Si del Padre emana toda paternidad-maternidad en el cielo y en la tierra (Ef 3,14-15), es Él quien actúa y se manifiestan en los acontecimientos carismáticos que se producen dentro del pueblo de Dios.
  • 5. El liderazgo carismático de los Fundadores/as persiste en la medida en que es acogido y cultivado a través de una auténtica «communio sanctorum». Estar en comunión con el propio fundador o fundadora es mantener viva la llama carismática necesaria para ser fieles a la propia vocación, para mantener unido al grupo. La infidelidad carismática se paga a la larga y resquebraja a la iglesia. Pero fidelidad carismática no significa un celoso recluirse en lo propio y cerrarse a lo otro. La madurez carismática cristaliza en la apertura y relación dialógica con todos los demás carismas.
  • 6. Desde una perspectiva fenomenológica, los carismas aparecen como cualidades o propiedades naturales, ordinarias o extraordinarias, individuales o comunitarias, permanentes o transitorias, masculinas o femeninas, funciona­les-ministeriales o existenciales. En el contexto de la fe cristiana, los carismas sirven para la construcción de la iglesia y habilitan a los creyentes para algunos ministerios. Estas cualidades, consideradas naturales por la sociología, son -desde un punto de vista teológico- carismas porque el Espíritu Santo con su acción las precede, potencia, transforma, acompaña y orienta hacia la edificación de la comunidad eclesial y del Reino de Dios. Los carismas son por ello phanerosis o semeion del Espíritu de la nueva Creación (cf 1 Cor 12). Cuando se toma conciencia de la importancia de la misión del Espíritu de cara a la nueva Creación, entonces se comprende cómo el ordenamiento carismático de la iglesia es especialmente eficaz en la lucha entre la iglesia y el mundo del antirreino.
  • 7. El fenómeno carismático acontece, aunque a escala, en la pareja y en la persona. Hay carismas de pareja y carismas individuales, que deben ser tenidos en cuenta y a los que hay que aplicar –mutatis mutandis- las características propias del carisma a escala más amplia. Esto es importante para comprender el carisma de pareja y los carismas personales

La Consagración carismática de las formas de vida cristiana

No basta hablar del influjo del carisma de Jesús en sus seguidores y seguidoras para explicar el fenómeno de las formas de vida cristiana. Tampoco afirmar la pluriforme manifestación del Espíritu en los grupos y en las personas a través de carismas colectivos o individuales. En el proceso de la identidad cristiana o de la identificación cristiana se produje un fenómeno que llamamos “consagración”, como acontecimiento de identificación y también como rito social de institucionalización de la identidad.

Ha sido habitual, sobre todo, en estos últimos años hablar de “vida consagrada” para referirse a las formas de vida que profesa los llamados consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Sin embargo, hay que decir que toda forma de vida cristiana es en sí misma consagrada. Cada una es “Consagrada” de una peculiar forma, según el carisma.

Al hablar de consagración, sin embargo, es muy importante tener en cuenta las celebraciones rituales de la iglesia. Ellas resultan enormemente elocuentes. En este capítulo deseo extraer la reflexión teológica de los datos que las liturgias de las distintas formas de vida nos ofrecen. Una vez más hemos de afirmar que la conexión y dependencia de la lex credendi respecto a la lex orandi.

A lo largo de este Módulo hemos podido apreciar la importancia que concede la iglesia a cada una de las formas de vida cristiana. La iglesia ha hecho de cada una de ellas objeto de su celebración, de su sacramentalidad, de sus ritos. Por eso, bien podemos concluir que cada forma de vida cristiana es auténticamente una forma de vida “consagrada”.

  • 1. La consagración no se entiende únicamente como un acto de entrega generosa a Dios y al servicio de los demás, de la iglesia. La consagración se entiende aquí como respuesta de Dios a las súplicas de su iglesia. Y Dios responde entregando, comunicando su Espíritu. Toda celebración consecratoria tiene un carácter netamente epicléctico.
  • 2. Un concepto auténticamente teológico de consagración debe partir de la experiencia veterotestamentaria. Allí se dice que todo el pueblo es destinatario de la consagración-santificación: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada” (Ex 19,6). Consagración significa que Israel es propiedad de Dios, lugar de su morada. Llegará un día –dentro de la perspectiva profética- en que todo el mundo, todos los pueblos de la tierra sean también nación consagrada. Pero se aprecia en el antiguo testamento un paso progresivo de la consagración objetiva a la santificación subjetiva, a través de la cual una persona es elegida, situada establemente ante la santidad de Dios y se convierte en testigo de Dios.
  • 3. Ante el intento de los fariseos de configurar la vida del pueblo desde la consagración ritual y las normas de pureza ritual, Jesús pide que esto se deje de lado. Lo que santifica de verdad es dejar que se cumpla la voluntad del Padre, acoger la Palabra, dejarse poseer por el Espíritu. En el nuevo testamento hay consagración-santificación porque el Espíritu se ha derramado.
  • 4. El grado más intenso de “consagración” acontece en la celebración eucarística. Es una consagración de los dones y de la comunidad: ¡la doble epíclesis! Esta consagración es el primer analogado a la hora de hablar de consagración. La epíclesis sobre los dones y sobre la comunidad pide que el Espíritu sea dado para transformar ambas realidades en Cuerpo de Jesús. En ello se da la consagración más densa, más profunda, más identificadora. La eucaristía es ciertamente el sacramento central, pero se proyecta en los demás sacramentos y acciones sacramentales de la iglesia y, aun más, allá del momento celebrativo, hacia la vida de la iglesia. La invocación por el Espíritu diferencia, relaciona y unifica las acciones por las cuales la iglesia actualiza la salvación en las diversas situaciones del hombre con la fuerza del mismo Espíritu de Cristo. La epíclesis eucarística produce la somatización de la Palabra y la somatización eclesial de Jesús.
  • 5. Todas las formas de vida cristiana son epicléticas. En ellas hay consagración –y son “consagradas”- porque un elemento central de sus celebraciones es la oración de epíclesis, por la cual se pide a Dios Padre que conceda su Espíritu. Cuando las personas se consagran en cuerpo y alma al Reino de Dios mediante la oración y el servicio a los hombres, inician una experiencia eucarística de vida, que los textos litúrgicos testimonian con su fuerza de anámnesis y epíclesis. La estructura literario teológica de estos textos confirma la entidad cuasi sacramental de tales consagraciones y resultan ser como accesos naturales a la percepción de las múltiples relaciones con la eucaristía y los otros sacramentos, en los que se realizan consagraciones de elementos que tocan a los hombres para que sean también consagrados, transformados en una u otra dimensión de la existencia, o en su totalidad
  • 6. Fuimos creados por obra del Espíritu Santo. Gracias a su poder somos mantenidos en la existencia, en la vocación y en la misión. El Espíritu llevará a cabo en nosotros el proyecto del Abbá, la redención de Jesús. Toda nuestra existencia está bajo el influjo de la consagración que viene del Espíritu. Esta acontece en cualquier lugar, en momentos inesperados, en las circunstancias más sorprendentes. El Espíritu se sirve de todas las creaturas para actuar en nosotros y potenciarnos. Toda realidad puede convertirse en algún momento en instrumento de consagración, en mediación de la energía de Dios que nos habilita y capacita para realizar la vocación y misión que nos viene de Él. En principio este tipo de consagración carismática parecería suficiente. Pero vivimos en iglesia. Pertenecemos a un “nosotros”, que tiene todavía mucho que decir. Por eso se celebra la consagración en la iglesia, como acontecimiento simbólico, ritual. El momento celebrativo-sacramental es lenguaje que dice, expresa e identifica. Es lenguaje, ante todo, eclesial, comunitario; sustraído a las posibles veleidades de los individuos aislados. Toda la existencia del creyente es un acontecimiento de consagración. Cuando Dios Padre dio inicio, por el Espíritu, a nuestra vida en el seno de nuestra madre, creándonos a imagen de su Hijo, ya entonces comenzó a acontecer la consagración
  • 7. La consagración fundamental del bautismo-confirmación es un acontecimiento abierto, dinámico. La misma relación dinámica y orgánica que existe entre todos los sacramentos (sacramentos iniciación y re-iniciación, sacramento de la existencia cristiana, sacramentos de las formas estables de vida), esa misma relación existe entre la consagración fundamental y las formas particulares de consagración.

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