“MUNDO, “CAMINO”, CORAZÓN, SERVICIO” – Relectura sintética de la encíclica “FRATELLI TUTTI” (2. CAMINO)

Continuamos la re-lectura de la encíclica “Fratelli tutti”. En este segundo bloque se conjuntan el capítulo 2 y el 7. Ambos capítulos nos hablan del “camino”. El ser humano, siempre en camino, puede encontrarse con lo inesperado. Y cuando lo inesperado nos complica la vida… nuestra tendencia perversa es “pasar de largo”. Porque nos complica la vida, porque nos cuesta perdonar, por … mil razones que nos vienen a la cabeza. “Ser samaritanos” no es lo más espontáneo, ni fácil. Por eso, he extraído de la encíclica todos aquellos textos que nos indican cómo ser samaritano no es un esfuerzo voluntarista, no es simplemente el resultado de una decisión. ¡Es una gracia! ¡Es un don! ¡Es un fruto de la presencia del Espíritu en nosotros! La compasión de Dios se apodera de un ser humano y lo vuelve samaritano. Y éste o ésta se convierten en icono del Dios compasivo, del Jesús-samaritano.

II. Un extraño en el camino y caminos de re-encuentro (caps. 2 y 7)

En los capítulos 2 y 7 nos habla la encíclica del “camino” hacia la fraternidad. Para ello el papa Francisco propone el paradigma del samaritano y diversos caminos de re-encuentro.

1. Un extraño en el camino: “pasar de largo”

La parábola del samaritano nos muestra un camino paradigmático hacia la fraternidad. Y para ello la encíclica se fija en su trasfondo y en cada uno de los personajes:

  • El trasfondo: la pareja prototípica de los dos hermanos en el libro del Génesis sirve de clave interpretativa. Ello nos indica que ya en el inicio de la historia humana se quebró la fraternidad y Dios le pidió cuentas a Caín. Éste -ante la interpelación divina sobre su hermano Abel- respondía: “¿soy yo acaso el guardián de mi hermano? (Gen 4,9). El Nuevo Testamento interpreta la ruptura de la fraternidad como “entrar en la tiniebla” y renunciar a ser “hijo de la luz (1 Jn 2,10-11): “quien no ama, permanece en la muerte” (1 Jn 3,14); “quien no ama a su hermano que ve, no puede amar a Dios,a quien no ve” (1 Jn 4,20). A este trasfondo podían añadirse la guerra continua entre hermanos que nos atestigua el Antiguo Testamento: Jacob y Esaú, los doce hijos de Jacob y sus tribus enfrentadas y en guerra. Y el sueño del salmo 133: “Qué bello y agradable, ver a los hermanos unidos”.
  • El hombre herido por salteadores, abandonado y los que pasan de largo: la parábola no fija su atención en los salteadores, sino en los que pasan de largo (FT, 72-73). Jesús indica -de este modo- lo fácil que es cada día  la opción de pasar de largo indiferentes ante seres humanos heridos (FT, 76) y las variadas formas de “pasar de largo”, incluso siendo personas de religión: creer en Dios y adorarlo no garantiza una conducta que agrade a Dios (FT, 74). Con mucha frecuencia nos vemos confrontados con la la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo (FT, 69).
  • El samaritano no pasa de largo, sino que le dedica al hombre herido sus cuidados y sobre todo, su tiempo (FT, 63). A Jesús lo llamaron sus acusadores “samaritano”: “samaritano y endemoniado” (Jn 8,48). (FT, 83). El samaritano de la parábola reflejaba quién era Jesús y cómo actuaba. También nosotros estamos llamados a ser samaritanos y formar parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. (FT, 77).
  • El hospedero nos índica que no hemos de ser samaritanos solos, individualmente. El samaritano buscó a un hospedero que pudiera cuidar de aquel hombre. Estamos invitados a convocar y encontrarnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades; recordemos que «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas» (FT, 78)
  • La pregunta ¿quién es mi prójimo? Recibe una dimensión trascendente cuando se nos invita a reconocer en la persona herida, abandonada y excluída, al mismo Jesús (cf. Mt 25,40.45). (FT, 85).

2. “Para Dios nada hay imposible”: fundamento teológico de la fraternidad-sororidad

En no pocos textos de la encíclica puede parecer que solo se opta por un voluntarismo un tanto pelagiano a la hora de optar por soluciones a los problemas que acucian a la humanidad: un voluntarismo pelagiano que pondría todo el acento en aquello que nosotros hemos de lograr y que, por lo tanto, podemos lograr con nuestro tiempo, esfuerzo y bienes: recuperar la pasión compartida por una comunidad de pertenencia y de solidaridad[1]. Pero hay que decir, en honor a la verdad, que la encíclica, en uno y otro momento, reconoce que la humanidad no será más fraterna por puro voluntarismo, ni por la fuerza coactiva de las leyes y normas. Es necesario un cambio en los corazones humanos, en los hábitos y estilos de vida. Y este cambio tiene que contar con la gracia de Dios. A ello hace referencia la encíclica en diversas ocasiones.

El problema está en la fragilidad humana:

  • en nuestra constante tendencia al egoísmo -¡lo que nuestra tradición cristiana llama “concupiscencia” o inclinación a encerrarnos en la inmanencia de nuestro propio yo, de nuestro grupo, de nuestros intereses mezquinos-. Esa concupiscencia no es un defecto de esta época. Existió desde que el hombre es hombre y simplemente se transforma, adquiere diversas modalidades en cada siglo, y finalmente utiliza los instrumentos que el momento histórico pone a su disposición.
  • Hay visiones liberales que ignoran este factor de la fragilidad humana, e imaginan un mundo que responde a un determinado orden que por sí solo podría asegurar el futuro y la solución de todos los problemas. (FT, 167). La fragilidad humana solo puede dominarse con la ayuda de Dios (FT, 166). Y en esto abunda la encíclica en diversos momentos, cuando dice que:

La fraternidad-sororidad es un don de Dios: el amarse los unos a los otros como hermanos y sin exclusiones es una gracia, un regalo de Dios. La caridad-amor es un “carisma”, “el mayor de todos”, no una posesión nuestra (1 Cor 13).

  • Amar a otro como a uno mismo -es decir “estimarlo como un alto valor”– es un fruto del Espíritu Santo (Gal 5,22); san Pablo lo denomina agazosúne – benevolentia:  se trata del “apego a la bueno”, la búsqueda de lo bueno, procurar lo excelente, lo mejor para los demás, su maduración, su crecimiento en un a vida sana, el cultivo de los valores y no solo el bienestar material. Una epxresión semejante en latín: bene-volentia o querer el bien del otro: fuerte deseo del bien, inclinación hacia todo lo que sea bueno y excelente (FT,112). El samaritano se vió agraciado -asaltado- por la benevolencia de Dios y así se convirtió en un icono de la compasión divina.
  • Lo que nos parece imposible, es posible para Dios. Él prepara el corazón para el encuentro con hermanas y hermanos de otras ideas, lengua, cultura, religión. Él unje nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias. Dios nos concede la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz” (FT, 254).

Los creyentes confesamos que la naturaleza humana -fuente de principios éticos- ha sido creada por Dios. Él es quien, en definitiva, otorga un fundamento sólido a esos principios. Los cristianos creemos, además, que Dios nos ofrece su gracia para que sea posible actuar como hermanos. Esto no establece un fixismo ético ni da lugar a la imposición de algún sistema moral, puesto que los principios morales elementales y universalmente válidos pueden dar lugar a diversas normativas prácticas. Por eso deja siempre un lugar para el diálogo (FT, 214).

La encíclica concluye con dos oraciones, dos súplicas: una al Dios Creador y otra al Dios cristiano. Al Dios Creador se le pide que infunda, que inspire, que impulse. Al Dios, Trinidad de Amor, se le pide que derrame, que nos dé, que nos conceda su Espiritu Santo y que nos haga descubrir el gran don de la Fraternidad (FT, 287). 

3. Caminos de re-encuentro

Cuando reconocemos la raíz común de toda la humanidad, nos damos cuenta de que la historia humana está llena de enfrentamientos entre hermanos y hermanas. Y la pregunta que nos podemos hacer es: ¿qué  caminos seguir para reconocernos de nuevo como hermanos? ¿Cómo re-inventar la fraternidad? El papa Francisco nos propone varias pistas:

  • Conversar desde la verdad, clara y desnuda[2]: y esto es más fácil entre quienes han estado duramente enfrentados (FT, 226), pero tratan de comprenderse desde la verdad histórica de los hechos, desde la búsqueda de la justicia y el honor de las víctimas. Así se abre paso a una esperanza común, más fuerte que la venganza» (FT, 226) y que conduce a la reconciliación y al perdón. Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa” (FT, 249). “Los que perdonan de verdad no olvidan, pero renuncian a ser poseídos por esa misma fuerza destructiva que los ha perjudicado. Rompen el círculo vicioso, frenan el avance de las fuerzas de la destrucción.” (FT, 251).
  • Ser artesanos de la paz (que involucra a todos) y arquitectos de la paz (que involucra a las diversas instituciones de la sociedad). Los caminos de pacificación  hacen que prime la razón sobre la venganza y se armonicen la política y el derecho”  (FT, 231)
  • El reencuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables: porque la paz «no sólo es ausencia de guerra sino reconocimiento, garantía y reconstrucción de la dignidad olvidada e ignorada de hermanos nuestros, para que puedan sentirse los principales protagonistas del destino de su nación» (FT, 233)
  • La reconciliación y el perdón: Jesucristo nos pedía perdonar setenta veces siete (Mt 18,22) y nunca fomentar la violencia o la intolerancia (t 20,25-26; Mt 18,23-35). (FT, 238). En la verdadera reconciliación el conflicto es superado a través  del diálogo y de la negociación transparente, sincera y paciente. (FT, 244). Y en el caso más extremo es necesario abolir la pena de muerte, pues hay que decir con claridad que «la pena de muerte es inadmisible»[3] y la Iglesia se compromete con determinación para proponer que sea abolida en todo el mundo[4].” (FT, 263).

La parábola del samaritano es presentada como el paradigma de un humanismo de hermanos y hermanas, preocupado por la otra persona sin ningún tipo de prejuicios. La parábola da por supuesto que siempre habrá salteadores agresivos. Da también por supuesto que habrá representantes del poder religioso o civil que se despreocuparán de quienes yacen en el camino. Pero descubre “un extraño” que no pasa de largo y provoca un encuentro sanador y encuentra también colaboración. La fraternidad y la sororidad renacen cuando la actitud samaritana -fruto del Espíritu de la compasión- se apodera de los seres humanos y nos hace cuidadores de los necesitados.

(Seguirá la tercera parte: Corazón abierto: ética, diálogo y amistad social (caps. 4 y 6)


[1] “Si no logramos recuperar la pasión compartida por una comunidad de pertenencia y de solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes, la ilusión global que nos engaña se caerá ruinosamente y dejará a muchos a merced de la náusea y el vacío” (FT, 36).

[2] “Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos. […] Cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas. […] La violencia engendra violencia, el odio engendra más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible» (FT, 227)

[3] Discurso con motivo del 25.o aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica (11 octubre 2017): AAS 109 (2017), 1196; L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (13 octubre 2017), p. 1.

[4] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta a los Obispos acerca de la nueva redacción del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la pena de muerte (1 agosto 2018): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (3 agosto 2018), p. 11.

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