En este domingo último del año litúrgico quiere la madre Iglesia fijar su mirada contemplativa y adorante en Jesús, el Rey del Cielo y de la Creación. En este día somos invitados a contemplar “el Todo”; a ver nuestra pequeñez en la inmensidad del Cielo. Y allí… nuestro Señor y Rey, el del poder ilimitado, el de la influencia decisiva en la historia del mundo y de la creación. Aquí, cuando vivió entre nosotros, parecía pequeño, casi insignificante ante el poder del imperio representado en Pilato. Desde Jesús Rey del universo, nuestra identidad recupera su inmensa y estelar dignidad.

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