Hay un momento en este evangelio que impresiona. Jesús… ora. No enseña, no cura, no predica. Se detiene y le habla a su Padre. Y lo que dice suena a algo muy íntimo, muy de dentro:
“Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a los pequeños.”Jesús se muestra alegre y casi emocionado. Porque los pequeños lo están entendiendo. Pero… ¿quiénes son los pequeños?
No los más listos. No los más preparados. Los que saben que no lo saben todo. Los que no tienen miedo de necesitar. Los que llegan con las manos vacías y las abren.
Y yo me pregunto: ¿seré capaz de ser así de pequeño? A veces me cuesta pedir ayuda y reconocer que estoy cansado. ¡Cuánto nos cuesta admitir que solos no podemos!
Y sin embargo… Jesús nos dice algo que puede llegarnos muy adentro:
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.”
Todos. No los que tienen todo resuelto. No los que ya no necesitan nada: ¡los cansados. Los agobiados. ¡Muchos!
Hay un cansancio que todos conocemos. El de cargar con demasiado. El de aparentar que todo va bien. El de no parar nunca. El de sentir que nunca es suficiente.
Y Jesús no dice esfuérzate más. Dice ven.
Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.
El Hijo de Dios diciéndose a sí mismo: “Soy manso. Soy humilde. No vengo a aplastaros. Vengo a caminar con vosotros”.
Hay algo tremendamente tierno en esto.
El yugo que propone Jesús no es una carga más. Es compartir el peso con alguien que ya lo conoce desde dentro. Que sabe lo que pesa. Que no te juzga por estar agotado.
Hoy, si podemos llevarnos solo una cosa de este evangelio, es esta: “No tenemos que llegar a Jesús cuando estemos bien. Podemos ir ahora. Tal como estemos. Cansados, con las manos vacías. Porque es precisamente así cómo Él nos espera.
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