DEPRESIÓN Y EL PAN DE LA PALABRA

Hay momentos en que el camino se hace muy difícil. Nos vemos tan amenazados por todas partes, que el corazón se nos encoge. No sabemos qué nos ocurrirá mañana, o incluso hoy. ¿Por qué nos hemos acostumbrado a esperar malas noticias y muy pocas buenas? En momentos así, necesitamos una palabra no solo de ánimo, sino energética y transformadora. ¿Y de dónde me vendrá el auxilio? Este domingo, 8 de agosto de 2021 nos ofrece una respuesta en las lecturas que proclamamos.

La depresión y medicina… como el profeta Elías

¿No nos vemos a veces bien reflejados en ese profeta Elías, deprimido y desencantado de la vida, que le pide a Dios que acabe con su vida? Hay personas ancianas que así se expresan. Lo mismo sucede a quien todo le sale mal. Y se escucha decir: ¡Mi vida no tiene sentido!

El remedio que se le ofrece a Elías contra su depresión es pan recién hecho, agua y un sueño reparador. Así se le prepara para un arduo camino hacia “el monte de Dios”.

¿Tenemos nosotros una medicina semejante, una perspectiva vital que nos haga caminar hacia algún sitio cierto y deseado? 

El pan del camino… ante todo el Pan de la Palabra

La Eucaristía es el Pan del Camino, de la Peregrinación. Ella es nuestra energía y nuestro pasaje hacia la felicidad que añoramos. ¡Es el pan del Cielo en la tierra! Contemplemos alguno de sus aspectos.

Ha existido en la Iglesia católica una tendencia fuerte, especialmente en los movimientos eucarísticos, a identificar la Eucaristía con el culto a la Sagrada Hostia: la consagración, la comunión, la adoración. 

La consagración y elevación del Pan y del Vino eucarísticos han sido considerados momentos culminantes en la celebración. La comunión del pan eucarístico -frecuentemente distribuido a los fieles no desde el pan consagrado en la celebración, sino desde la Reserva de un Sagrario (¡como si esa comunión tuviera poco que ver con la celebración que está teniendo lugar!)- ha sido considerada como el objetivo final de la celebración. Y después de la celebración no pocos creyentes han centrado su piedad eucarística en la visita y adoración al Santísimo, la oración y vigilia ante el Sagrario. Una manifestación externa de esta piedad eucarística son las celebraciones y procesiones populares del Corpus Christi.

Sin embargo, la catequesis eucarística del cuarto Evangelio -proclamada durante estos domingos de Agosto- ofrece una visión mucho más amplia y equilibrada de la Eucaristía. No niega lo que acabamos de decir; y el próximo domingo, la catequesis versará sobre ello. Pero en estos versículos hoy proclamados “el pan bajado del cielo” es aquel en el que hay que creer, porque es Jesús-Palabra. Participar en la mesa del Pan, es ante todo, participar en la Mesa de la Palabra. “Has creído -decía Orígenes-, ¡pues ya has comido!”.

Según el texto del Discurso del Pan de Vida, escogido para este domingo, la Eucaristía es el Pan del Cielo que es donado no solo en la Mesa de la comunión eucarística, sino también en la Mesa de la Palabra.

La catequesis bíblica de este domingo nos habla sobre la Eucaristía como Mesa de la Palabra. En la primera parte del discurso del Pan de Vida, Jesús habla del Pan bajado del cielo. Este Pan es auténtico. Lleva el sello de Dios. Es un pan que amaestra, enseña. Ese Pan es la Palabra de Dios. Por eso, es comido cuando la Palabra es creída:

“Está escrito en los profetas: Serán todos discípulos de Dios. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida.” 

Santos Padres como san Jerónimo decían que la Palabra de Dios, proclamada en la Liturgia, es auténtico cuerpo de Cristo. Se come este Pan cuando uno cree en la Palabra, la rumia, la hace propia. La primera parte de la Celebración Eucarística ya tiene mucho que ver con el Pan del Cielo, que se hace Palabra. Ese Pan ha de ser acogido como Alimento que viene de Dios, no como mera palabra humana.  

La homilía debe honrar al Cuerpo de Cristo que es la Palabra y no desplazar ese Cuerpo, para poner sobre la mesa otras palabras. La homilía no debe suplantar la fuerza de la Palabra de Dios, sino servirla humildemente. Porque la Palabra es ya, en sí misma, una espada de doble filo, capaz de entrar hasta lo más profundo del alma. Los fieles hemos de acoger la Palabra con fe absoluta, no solo como ideas, o relatos, sino como auténtico alimento, terapia, energía transformadora.

Ex – posición eucarística 

La primera parte de la Eucaristía es también “Ex-posición eucarística”. Y ante esa Ex-posición mantenemos la actitud adorante de María de Betania cuando escuchaba a Jesús, totalmente centrada en Él y comiéndose sus Palabras. O como cuando Jeremías nos decía que apenas llegaban a él las palabras de Dios las devoraba. ¿Qué sería una ex-posición eucarística de la Palabra sin comunión?

Por eso, ninguna homilía debería quitarnos el gusto de la Palabra, sino centrarnos en ella para que la gustemos en lo más profundo de nuestro ser.

Los lectores sirven la Palabra a la Comunidad. ¡Es muy importante esa distribución de la Palabra! Por eso, los lectores o lectoras son auténticos ministros/as de la Eucaristía. Son instrumentos del Espíritu para que la letra sea “espíritu y vida”., para que la comunidad sea alimentada con la Palabra.

La Palabra de Dios, proclamada simultáneamente en tantos lugares de la tierra, es alimento para la humanidad peregrina. Dios nos está cada día aleccionando. Sus palabras tienen energías purificadoras, restauradoras, sanantes, que son excepcionales. La Palabra siempre es adecuada para el momento en que vivimos. Nos saca de nuestras tinieblas. La Palabra “comida”, asimilada en el corazón nos hace ver lo invisible, sentir lo inalcanzable. Aquel que era la Palabra dijo un día: Yo soy el Pan bajado del Cielo. Quien acoge la Palabra sabe muy bien que tiene futuro.

Por eso, no cesemos de proclamar la Palabra, de distribuir la Palabra por el mundo. Poner la Palabra en manos de alguien es el mejor regalo, la mejor medicina, la mejor garantía.

Quien cree en la Palabra descansa y recupera las fuerzas para un largo camino de subida a la Montaña de Dios

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