Voy a ser honesto con vosotros. Este evangelio me incomoda a mí el primero. Jesús dice:
“el que quiera a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”.
Y yo me pregunto: ¿estoy a la altura? ¿De verdad Jesús ocupa el primer lugar en mi vida, o me cuento esa historia pero luego mis decisiones cuentan otra cosa?
Creo que esta pregunta nos toca a todos.
No creo que Jesús esté pidiendo que queramos menos a nuestra familia. Está pidiendo algo más difícil todavía: que no dejemos que ningún amor, por hermoso que sea, se convierta en una excusa para no seguirle.
A veces me escondo detrás de mis responsabilidades, de mis relaciones, de mis miedos… y le digo a Jesús: ahora no puedo, tengo demasiado.
Pero Jesús no dice tendrás que renunciar a todo. Dice carga con tu cruz. La tuya. La que ya tienes. La que ya pesa.
Seguirle no es huir de la vida. Es atravesarla con él.
Y entonces viene esa frase que parece una paradoja pero es pura verdad:
“El que encuentre su vida, la perderá. El que la pierda por mí, la encontrará”.
Yo entiendo esto así: cuando me agarro demasiado a mis planes, a mi imagen, a mi seguridad… paradójicamente me pierdo. Y cuando me suelto, cuando confío, cuando doy sin calcular tanto… algo se abre por dentro.
No lo digo como teoría. Lo he notado. Cuando he dado sin esperar, cuando he acompañado sin mirar el reloj, cuando me he dejado interpelar por alguien que necesitaba un poco de agua fresca…
Ahí he encontrado algo que no se compra.
Y eso es lo que dice Jesús al final. Dar un vaso de agua. Lo más pequeño. Lo más cotidiano.
Eso también cuenta. Eso también tiene recompensa.
Hoy no os propongo heroísmos.
Solo una pregunta, que me hago yo también:
¿A quién le puedo dar hoy un vaso de agua?
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