Dividiré esta homilía en tres partes:
- El amor herido por la infidelidad y la idolatría
- La parábola del Padre y los doshijossssss
- La misericordia es grande.
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Dividiré esta homilía en tres partes:
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Jesús les dijo algo que debió sonarles a escándalo: “Os conviene que yo me vaya.”
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En un mundo obsesionado con la eficiencia y la transparencia, Giorgio Agamben nos recuerda una verdad incómoda: el poder humano no funciona con una sola cabeza. Siempre opera en dos niveles —el Reino (símbolo, unidad, trascendencia) y el Gobierno (gestión, acción, decisiones concretas)— como explica en su libro “Il Regno e la Gloria”. Esta dualidad no es un capricho histórico, sino la estructura profunda de toda autoridad occidental, desde el Estado hasta la vida religiosa.
Esta lógica ilumina tres realidades que nos tocan de cerca: la monarquía española, el papado y las órdenes religiosas. Vamos a desmontarla paso a paso.
Agamben descubre que toda autoridad funciona como una “máquina bipolar”: Reino y Gobierno.
El Reino da ser: representa la unidad, la estabilidad, lo sagrado. No actúa directamente, solo es. El Gobierno da acción: gestiona lo concreto, toma decisiones, asume errores. Si juntamos todo en una persona, se rompe el equilibrio: quien gestiona se desgasta y pierde brillo simbólico; quien simboliza sin actuar se vuelve irrelevante. La “hetoimasia” o trono vacío: símbolo agambeniano del centro del poder, desprovisto de sustancia pero lleno de gloria.
La Constitución Española de 1978 lo dice clarísimo: artículo 56 (“El Rey es […] símbolo de su unidad y permanencia”) y artículo 97 (“El Gobierno dirige la política interior y exterior”). Rey Felipe VI: símbolo de unidad constitucional. Felipe VI no decide presupuestos ni leyes, pero su presencia garantiza la continuidad más allá de los ciclos electorales. El presidente del Gobierno gestiona lo concreto y asume el desgaste político. Esta separación evita que un presidente se convierta en “rey-presidente” (y viceversa).
Los anti-monárquicos que piden solo “presidente de gobierno” no ven que la dualidad no desaparece: el Presidente acabaría teniendo que simbolizar unidad mientras gestiona crisis diarias. Agamben lo predijo: el Gobierno moderno triunfa, pero necesita recrear el Reino en otro lado (medios, carisma personal, opinión pública).
El papado concentra ambos polos de forma genial pero tensa: el Papa León XIV es, al mismo tiempo, símbolo petrino y jefe de gobierno eclesial.
Como Reino: Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo, símbolo de unidad universal.
Como Gobierno: La Curia Romana gestiona 1.400 millones de católicos, nunciaturas, finanzas vaticanas.
León XIV brilla como símbolo petrino, pero cuando entra en gestión técnica, aparece la fractura agambeniana. El carisma petrino es anterior a cualquier Curia: por eso el sistema aguanta.
Las Constituciones de cualquier instituto religioso repiten el patrón: Fundador/a, Superior General.
El Padre Pedro Arrupe, Superior General jesuita es reconocido -no obstante- como un ejemplo de tensión entre símbolo carismático y gestión práctica.
El Superior/a General es puro Gobierno: asigna casas, misiones, cuida la economía, resuelve conflictos con sus consultores (la “angelología burocrática” de Agamben).
El Fundador/a muerto es el Reino perfecto: su carisma permanece puro en las Constituciones, sin desgaste administrativo.
Las Constituciones suelen decir: “El Superior/a General gobierna en nombre del Fundador/a y según sus Constituciones”. Esto es poder vicario: el Superior/a “hace las veces” del Fundador/a, pero ¡nunca lo reemplaza!
Peligro real: Cuando un Superior/a pretende ser también el símbolo carismático (“¡Seguimos mi visión!”), se produce la “captura de la inoperosidad”: la gestión sofoca el carisma originario.
Esta dualidad no es negociable. Toda autoridad necesita:
Para España: La monarquía parlamentaria no es un lujo histórico, sino una forma inteligente de articular esta lógica universal.
Para la Iglesia: El papado y las órdenes funcionan porque respetan (con tensiones) esta bipolaridad teológica.
Para ti: En tu comunidad, equipo o familia, separa al que simboliza del que ejecuta.
La próxima vez que critiques un rey, un papa o un superior/a, pregúntate: ¿estás respetando la máquina agambeniana?
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Hemos hablado mucho, a lo largo de los siglos, de la bondad de Dios. Pero hay algo que casi nunca decimos. Algo que los grandes místicos sabían. Y que nosotros, quizá, hemos olvidado: Dios es bello. Infinitamente bello. No bello como un cuadro. No bello como un paisaje. Sino bello como la fuente de toda belleza.
Bello como el origen de todo aquello que alguna vez nos ha detenido en seco. De todo aquello que nos ha quitado el aliento. De todo aquello que nos ha hecho cerrar los ojos y decir, sin saber muy bien a quién: gracias.
Los Padres de la Iglesia tenían una palabra para esto: Kallos. ¡La Belleza absoluta! Y comprendían algo que necesitamos volver a recordar: que toda belleza creada —la de una música que nos atraviesa, la de un rostro amado, la del mar al atardecer— no es más que un destello. Un eco. Una promesa.
Una pequeña promesa de esa Belleza primera que es Dios mismo. Por eso decía Dostoievski: «La belleza salvará al mundo».Y no hablaba de estética. Hablaba de Dios.
Porque la belleza verdadera no se queda en la superficie. La belleza verdadera nos despierta. Nos llama. Nos eleva. Nos hace salir de nosotros mismos.
Y entonces cabe preguntarnos: ¿no somos también nosotros, en el fondo, turistas de la Belleza? ¿No vamos por la vida buscando ese resplandor que nos toca, que nos mueve, que nos recuerda que fuimos hechos para algo más grande? Y por eso la pregunta final no es pequeña.
Es una pregunta de fe, de vida, de deseo:
¿Has sentido alguna vez que una belleza te miraba?
Quizá ahí, precisamente ahí, estaba Dios.
Dios Padre es la Belleza Infinita. ¡Qué razón tenía el apóstol Felipe cuando le dijo a Jesús: ¡Muéstranos al Padre y nos basta! O cuando santa Teresa de Jesús escribió: “¡Véante mi ojos, dulce Jesús bueno! ¡Véante mis ojos, muérame yo luego!
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Jesús estaba hablando de ladrones y bandidos. De pastores que entran por la puerta y de salteadores que saltan la tapia. Y ellos no entendían.

Entonces Jesús hizo una pausa, y dijo lo que nadie esperaba: “Yo soy la puerta.” No un maestro. No un profeta. No un líder religioso más. ¡La puerta que da acceso a la vida verdadera!
Los bandidos …los que roban, manipulan a las ovejas… no pasan por esa puerta. Se la saltan y entran por la tapia, aunque no están autorizados.
El Papa Francisco llamó mundanidad y clericalismo a este mal antiguo que corroe a la Iglesia. Esos pastores ya “no huelen a oveja”: vive lejos del rebaño; hablan un idioma que nadie entiende; se instalan cómodamente en el poder… Y Jesús hasta los llama “bandidos”. Cuando aparecen las ovejas tiemblan. Y huyen.
Cuando las ovejas escuchan -en cambio- la voz de Jesús, el corazón se aquieta. Se detienen. Lo siguen. No porque les obliguen. Porque lo reconocen. Porque esa voz les suena a casa.
El Buen Pastor huele a oveja. Se mete en el barro. Conoce tu nombre. No el nombre de tu expediente. Tu nombre. El que solo saben los que te quieren de verdad.
Junto a Jesús, en cambio, se respira. Se vive. “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia.”
Hoy quizás hay alguien aquí que siente que Jesús lo llama a ser pastor, a cuidar, a servir. A entrar por la puerta. A oler a oveja.
No lo pienses demasiado.
Y aunque camines hoy por sendas oscuras, no temas. Él va contigo. Su vara y su cayado te defienden.
Porque conoces su voz. Y ella te basta.
¡Aleluya!
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Iban caminando. Tristes. Con la cabeza gacha. Llevaban un cadáver dentro. Y Jesús estaba a su lado caminando con ellos. Y no lo reconocían.
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Tomamos la palabra profundamente preocupados ante la trágica escalada de violencia y guerra en Oriente Medio. Ante los ojos del mundo, la destrucción responde a la destrucción y la voz de las armas ahoga el lenguaje del diálogo. Las principales víctimas de esta espiral de violencia son personas inocentes: familias desplazadas, niños que viven con miedo y comunidades que sufren pérdidas inconmensurables.
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