Comienza nuestro tiempo sagrado de Adviento y con él -para todos nosotros- un nuevo Año de Gracia. Durante cuatro semanas seremos instruidos por el Espíritu en el arte de la Esperanza. Cada domingo nos ayudará a crecer en ella.
El primer domingo nos inquieta con esta pregunta: ¿Hay que esperar a Alguien?
El segundo domingo nos invita a entrar en el “bautismo de la esperanza” y dejar que ella se apodere de nosotros.
El tercer domingo nos indica “el camino acertado” y nos muestra cómo la paciencia es forma de esperanza
El cuarto domingo nos pide que seamos “guardianes de la Esperanza”
Este tiempo litúrgico nos ofrece una pedagogía para iniciarnos en la espera y el deseo.
Estamos en vela… a la espera, cuando: esperamos algo, cuando esperamos a alguien, también cuando nos tememos algo; o cuando queremos que no se nos pase un acontecimiento previsible. Vemos esta misma actitud de vigilancia, cuando esperamos a alguien en las puertas de salida de las estaciones de autobuses, o del metro, o de los aeropuertos; o cuando llega la hora de un programa que nos interesa… Así mismo esperamos grandes acontecimientos cuando se anuncian con suficiente antelación.
Concluye el año litúrgico. Llegamos al final de nuestro camino espiritual. Y la madre Iglesia nos pone ante nuestra mirada a Jesús, rey del universo. Las tres lecturas nos introducen en el misterio de la realeza de Jesús: hijo del rey David o la reunión de los hermanos dispersos (segundo libro de Samuel), el rey Crucificado y la vuelta al Paraíso (evangelio de Lucas) y el “Hágase la Luz” del Reino en la nueva Creación (carta a los Colosenses).
Primero: Reunión de los hermanos dispersos
La primera lectura nos habla del rey David, que reúne en un solo pueblo a las doce tribus de Israel, antes dispersas y enfrentadas. Se acercaron a verlo y le dijeron: “¡Hueso y carne tuya somos!”. Los ancianos lo ungieron como rey de Israel, como su líder y su pastor, reconociendo que era el elegido de Dios. Y Dios le prometió que siempre tendría un descendiente y que su casa permanecería para siempre.
Y así sucedió. El ángel Gabriel le anunció a María, la esposa de José, hijo de David: “el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin”.
Segundo: De vuelta al Paraíso, al nuevo Edén
La lectura del Evangelio nos presenta el tramo final de la vida de Jesús. Ante Pilato Jesús proclamó: “Yo soy Rey” (Jn 18,37) y, por eso, Pilato mandó poner en la cruz esta inscripción: “Éste es el Rey de los judíos” (Lc 23,38). Las autoridades, el pueblo, los soldados y uno de los malhechores crucificados, se reían, burlaban y hacían muecas ante su Rey. Únicamente uno de los crucificados defendió la inocencia de Jesús y se dirige a Él, como un amigo hacia otro amigo… por su nombre: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” (Lc 23,42), al Paraíso. Murió mirando a Jesús, sufriendo con Él, esperando con Él.
Y la respuesta de Jesús fue: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El “hoy” es estremecedor. Le quita al viernes santo todo su carácter trágico. Y el Paraíso era el horizonte de esperanza y de felicidad.
Tercero: ¡Hágase la luz de la nueva creación!
La segunda lectura de la carta a los Colosenses nos pide que demos gracias a Dios nuestro Padre, porque nos ha sacado del reino de las tinieblas; nos ha trasladado -como al buen ladrón- al Reino de su Hijo querido y por hacernos compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
Jesús es la Luz del mundo. Nosotros somos hijos de la luz, hijos del día. Donde reina el pecado allí hay tinieblas y queda frustrada la orden del Creador que al principio ordenó: “¡Hagase la Luz!”. Cuando Jesús murió las tinieblas cubrieron la tierra. Pero cuando resucitó, ya hay un ser que todo lo ilumina, es el Hijo querido, la imagen misma de Dios invisible, la primera criatura diseñada y generada, el modelo de toda la creación. “Todo fue creado por él y para él”.
Sin luz no hay creación. Sin Jesús-Luz del mundo nada existiría. Todo existe gracias a Él. Su reino es cósmico. Nada se libra de su luminosidad y su calor: ¡Él es la luz del mundo!
Pero también es la cabeza del Cuerpo, de la Iglesia, porque vino a reunirnos a todos como hermanos.
Conclusión
Confesemos, como el buen ladrón, a Jesús como nuestro Rey de Luz. Integrémonos en su Cuerpo, en su Iglesia, como miembros de Cristo, vivos, activos. No tengamos miedo a que nos reconozcan como sus seguidores. Consideremos a todos como hermanos. No idolatremos a nadie. Si somos de Cristo “reinaremos con Él”. O quizá mejor, nos espera su misterioso Paraíso.
Hace un tiempo tuve la oportunidad de ser llamado a un encuentro entre obispos y superiores religiosos en una nación americana. Hubo allá una esbozo de sinodalidad -cuanto todavía no se hablaba en estos términos. Las “mutuas relaciones” de las que se habla en la Iglesia desde “hace ya” más de 40 años, requieren en este momento un nuevo planteamiento, que afecte no solo a la vida religiosa y los obispos, sino a todo el pueblo de Dios y al pueblo de Dios en su relación con la humanidad en toda su complejidad.
El año litúrgico concluye siempre con un tono apocalíptico. No nos resulta muy agradable. Las tres lecturas de este domingo 33 tienen este tono: el profeta Malaquías contrapone el fuego que abrasa a los perversos a la luz que ilumina a los justos; san Pablo contrapone el trabajo creador a la parálisis destructiva de los vagos; Jesús-Maestro enseña a sus discípulos a no dejarse fascinar por lo que pasa, pero ser valientes en zonas de oscuridad y muerte, porque allí encontrarán la salvación.
El ambiente de guerra e inseguridad nos hace pensar: ¿qué sentido tiene una vida tan amenazada? ¿Será verdad que somos seres-para-la muerte? En cualquier momento nos vemos amenazados de muerte por dentro -en nuestro cuerpo- o por fuera… y la certeza de morir nos entristece. Las lecturas de este domingo 32, nos invitan a contemplar la realidad desde otra perspectiva: 1.No hay fecha de caducidad para Amor. 2. Convertir el asesinato en sacrificio. 3. Y si pasa, ¿qué pasa?
El 10 de diciembre de 1948, hace exactamente 74 años, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó y proclamó la Declaración Universal de Derechos humanos en su resolución 217. La declaración está formada por 30 artículos breves que proclaman las libertades fundamentales del ser humano. La Asamblea pidió a todos los países miembros que hicieran público este texto, lo expusieran, lo comentaran y leyeran especialmente en los centros educativos sin ningún tipo de reservas. ¿Y qué decir de esta Declaración nosotros, cristianos? ¿Habrá que hablar también de una “sinodalidad social”?
Se le atribuye a san Francisco de Sales este dicho: “Un santo triste es un triste Santo”. El papa Francisco se situó en esta línea cuando el día de san José del 2018 nos entregó su exhortación apostólica sobre la santidad en el mundo actual, que tituló “Gaudete et exsultate” (=GEx).
El encuentro de Jesús con Zaqueo es un bello paradigma de lo que debe ser un encuentro penitencial en la Iglesia. Quien tiene nombre de buena persona (Zaqueo significaba “el puro”) siendo mala persona, recupera su verdadero nombre en el encuentro con Jesús. El Maestro muestra un gran interés por la transformación de un gran pecador y en poco tiempo lo transforma.
¿Qué experiencia tenemos nosotros del encuentro de la reconciliación en la celebración del Sacramento de la Penitencia?: 1) Jesús tiene la iniciativa y se auto-invita; 2) El Creador nos ama, por eso nos ha traído a la existencia; 3) ¡Seamos la gloria de Jesús!
Cuando ponemos nuestro “ego” en el centro, todo lo contemplamos y juzgamos a partir de una sola perspectiva: lo que yo soy, lo que yo pienso, lo que yo hago. Y si ahora nos preguntamos: ¿Y qué piensa Jesús de los ego-céntricos, de los egó-latras? Encontramos la respuesta en la parábola del ególatra y del auto-humillado o humilde-humillado: del fariseo que presumía de su bondad, y del publicano que se avergonzaba de su maldad. Así comienza este evangelio: