“Ama y tendrás vida”. “Samaritanos” eran quienes se habían desviado de la ortodoxia del pueblo de Israel. Para un judío, un samaritano o una samaritana eran personas con las que no había que hablar y a las que había que despreciar. Los judíos se dan la razón a sí mismos cuando llaman a Jesús “samaritano y endemoniado” (Jn 8, 48). Esta acusación no le importa a Jesús. El gran protagonista de la parábola de la compasión no es para Jesús un sacerdote, ni tampoco un levita, es un samaritano -lleno de compasión- (Lc 10,33). Cuando cura de la lepra a siete leprosos, el único que viene a agradecérselo a Jesús, es precisamente un samaritano (Lc 17,16). A quien Jesús le revela el misterio del “agua viva” del Espíritu es a una mujer samaritana (Jn 4,9). Jesús nos invita hoy a poner nuestra mirada en el ejemplo que nos dan “los nuevos samaritanos” y “las nuevas samaritanas”. ¿Personas del templo o del mesón? ¿De Jerusalén o Garizim? Jesús decía: “llega el tiempo en que ni en este monte, ni en Jerusalén, adoraréis al Padre, sino sino en Espíritu y Verdad” (Jn 4,21).
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