¡QUIEN ESTÉ SIN PECADO QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA!

Cuando nos miramos por dentro con verdad, ¡qué difícil nos resulta convertirnos en jueces de los demás! Pues “todos somos pecadores y estamos privados de la Gloria de Dios”, porque “quien diga que no ha pecado es un mentiroso”. No estamos en disposición de creernos “mejores que los demás”. Quien reconoce su fragilidad es compasivo y perdona… ¡nunca se muestra implacable ante el otro!

¡Quien esté sin pecado!

El pecado del clérigo, del fariseo, del hombre de ley, es creerse mejor que los demás y condenar; eximirse de culpa. El pecado de los que hoy se tienen por profetas es denunciar los males de este mundo, excluyéndose a sí mismos.

En el debate político, ¡con qué fariseísmo se critica al adversario, se trata de abajar y envilecer todo lo que propone, cuando en realidad quien critica se encuentra en la misma situación! Si en ese caso Jesús dijera: “Quien esté sin pecado que tire la primera piedra”, ¿quién quedaría para condenar y castigar? También en el debate religioso y moral ocurre lo mismo. Unos por unas razones, otros por otras, ¿quién no está “pringado” con algo?

Invitación a un “nuevo comienzo”

La solución, sin embargo, no es el laxismo, “todo vale”. Jesús no condenó a la mujer, pero no la dejó irse sin más. La invitó a seguir en el futuro un camino distinto. 

Jesús valoraba mucho la fidelidad a la Alianza. Jesús era un hombre de palabra, de compromiso. La mujer, que estaba ante él, había roto la Alianza esponsal, se había opuesto a la voluntad del Creador, pues “al principio no fue así”. Jesús sabía también que un varón –que estaba fuera de la escena– había compartido con ella esa ruptura de la Alianza. Y que ambos se habían convertido en símbolos de un Pueblo infiel al Amor de su Dios.

Jesús la invita a un nuevo comienzo, a renovar la Alianza con su esposo, a volver a Casa, como el hijo pródigo. También invita –indirectamente– al esposo engañado a acogerla de nuevo en la Alianza y ser un símbolo del Esposo divino que acepta a su Pueblo tras la infidelidad.

Escribir en piedra…. escribir sobre la arena… ¡La Alianza!

Jesús descubre otras rupturas de la Alianza entre los acusadores, entre aquellos que se presentaban como sus guardianes, los defensores de la ley. “Quien esté sin pecado… quien no haya quebrantado la Alianza… ¡que tire la primera piedra!”. Y escribe en el suelo una y otra vez. No sabemos a ciencia cierta qué era lo que escribía. En ese gesto descubro el dedo de Dios re-escribiendo su compromiso de Alianza en la arena movediza y endeble de las decisiones humanas. Mientras que aquellas piedras en las manos evocaban los corazones de piedra, los corazones duros que permitían el divorcio por cualquier razón, que habían perdido la sensibilidad de la Alianza de Amor.

¿Cómo defender la Alianza con verdad?

Los presentes querían defender la Alianza con piedras y violencia. Jesús la defendía con la serenidad y la verdad, con la llamada y la seducción. Pablo reconocía que la mayor suerte que había tenido en su vida era “conocer a Jesús”. Descubrió en Él al gran Conquistador del corazón. “Yo no lo he conquistado… Él me ha conquistado a mí”, dice en la carta a los Filipenses. La presencia de Jesús hace posible lo imposible, fácil lo difícil, reconciliado lo irreconciliable. Jesús tiene el poder de Dios y puede hacerlo todo nuevo.

No podemos calcular lo que una amistad profunda y perseverante con Jesús puede realizar en nosotros, en nuestro mundo. Si quien se expone al sol, poco a poco, ve cómo su piel se le vuelve morena, ¿qué ocurrirá con quien se expone a la Presencia, a la Palabra, a la Acción de Jesús desde un conocimiento cada vez más íntimo? Lo que parece imposible, es posible: comenzar de nuevo, reanudar la Alianza. El profeta Isaías proclama cómo el Dios poderoso es capaz de hacer olvidar el pasado y crear un nuevo futuro. Uno puede haber sido infiel a la Alianza, pero hay posibilidades de una historia de amor absolutamente nueva. “Te llevaré al desierto y te hablaré al corazón… Conocerás a tu Dios”, decía el profeta Oseas. Nada es imposible.

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