Después de multiplicar los panes, Jesús hace algo que llama mucho la atención: ¡Manda a la gente a casa… y a los discípulos a la barca! ¡Y él se queda solo! Solo en la montaña. A orar.
Jesús, que acaba de vivir un momento extraordinario, no se queda a celebrarlo. No se deja llevar por el entusiasmo. Busca a su Padre. ¡Eso ya nos dice algo!
Pero sigamos. ¡Es de noche! Los discípulos están en medio del lago. El viento es contrario. Las olas golpean. Y en los últimos momentos de la noche, Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. Y ellos se asustan. Creen que es un fantasma.
¿Cuántas veces he hecho yo lo mismo?
Estoy en medio de una tormenta, en medio de algo que no controlo, y cuando Jesús se acerca… no lo reconozco. Busco otra explicación. Me da miedo precisamente lo que ha venido a salvarme. Jesús dice:
“Tranquilos, soy yo, no tengáis miedo”
Y entonces Pedro. Pedro, que siempre va un paso más allá, dice:
“Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua.”
Y Jesús dice simplemente: ¡ven!
Pedro sale de la barca. Y camina. Camina sobre el agua. Eso es real, eso ocurre. Pero entonces mira el viento. Mira las olas. Aparta los ojos de Jesús. Y se hunde.
¡Señor, sálvame!
Y Jesús, inmediatamente, le agarra. Inmediatamente. Sin esperar. Sin dejarle hundir más. Y le dice algo que me parece que me lo dice también a mí:
Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
No es un reproche cruel. Es casi una pregunta triste. Como diciendo: tenías todo lo que necesitabas, estabas caminando, ¿qué pasó?
Lo que pasó es lo que nos pasa a todos.
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