“EL MÉDICO DE LAS COSAS” -P. Eloy González Orbaneja, cmf – In memoriam

Hay personas que dejan huella no por lo que dicen, sino por lo que hacen con lo que otros ya habían abandonado. El Padre Eloy era una de esas personas.

Lo conocí en sus últimos seis años de vida. Noventa años a la espalda, las manos temblorosas por el peso de la edad —pero nunca por falta de pulso—, y una mirada que antes de tocar cualquier cosa ya la estaba curando.

En una meditación que un día dirigí a su comunidad, lo describí como “el médico de las cosas”. No fue un recurso retórico. Fue un reconocimiento. Porque todo lo que llegaba a sus manos —motores silenciados, ascensores paralizados, aparatos que el tiempo y el uso habían rendido— encontraba en él no un enterrador, sino un sanador. Era todo un espectáculo: el ronroneo de un motor recuperando su voz, el movimiento de un ascensor recobrando su camino. Junto al Padre Eloy, nada era inservible del todo. Una primera observación le bastaba para descubrir el punto débil; y desde allí, trazaba con paciencia el esquema de la recuperación.

Su habitación era también su taller. Convivían en ella los libros y las herramientas “de las de siempre”, en una convivencia que a él le parecía la más natural del mundo. Conocía los comercios de los chinos como quien conoce su propia despensa, y en los casos más difíciles sabía exactamente adónde dirigirse en el inmenso Madrid: calles desconocidas, tiendas de especialistas que solo existen para los que saben buscar.

Pero quien lo trataba un poco más descubría enseguida que detrás del arreglatodo había un conversador de primera. Ameno, ingenioso, risueño… y un tanto pillín. Cuando en la conversación casi se adivinaba el protagonista de alguna historia, asomaba en su rostro una sonrisa mínimamente socarrona que lo decía todo sin decir nada. Y al parecer —lo dicen quienes lo conocieron mucho más que yo— nunca tenía prisa de concluir.

Sin embargo, ni el médico de las cosas ni el simpático conversador eran lo más hondo de él. Lo más hondo era otra cosa.

El Padre Eloy era, sobre todo, un hombre super-convencido de su vocación misionera. ¡Con qué gozo evocaba su viaje al extremo Oriente! Japón, Filipinas… El contacto con la espiritualidad budista, la inserción en los barrios más pobres de Manila, el encuentro con un mundo distinto que no lo asustó, sino que lo ensanchó. Esa experiencia lo marcó para siempre con el sello del misionero claretiano que era: alguien que va hacia el otro, no para imponerse, sino para encontrarse.

En la oración comunitaria —a la que fue fiel hasta donde sus fuerzas le permitieron— mantenía siempre la estructura de la intercesión: por todos, por los más necesitados, por los hermanos enfermos o ancianos. Cuando ya no pudo ejercer el ministerio como antes, no se retiró a la penumbra: se insertó en la comunidad parroquial, en el pueblo de Dios, para seguir compartiendo la Palabra y el Pan eucarístico. El Padre Eloy de los últimos años era eso: movimiento, actividad, superación de sus propios límites… hasta que ya no pudo más.

Y hay algo más, algo que me permito contar con la misma ternura con que él lo vivía.

Cada noche se recogía en su habitación para orar y seguir el Rosario transmitido desde Fátima. Era profundamente devoto de María. Y creía —lo defendía con tesón, con ese tesón suyo que no era terquedad sino convicción— en la verdad de las apariciones de la Virgen en Garabandal. No era un tema que lo inquietara: era una certeza que lo habitaba.

Ahora está en el cielo. Y me permito esta última licencia fraternal: estoy seguro de que, en su primer encuentro con la Madre María, no habrá podido evitar preguntarle, con su mejor sonrisa un tanto socarrona: “¿Verdad que te aparecías en Garabandal?”

Y quizás algún ángel, con no menos sonrisa, le haya respondido al oído: “Sí… a través de ti.”

Impactos: 10

Esta entrada fue publicada en General, In memoriam. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *