Las sociedades democráticas no quieren organizarse sometidas “al dedo” de los grupos de presión. Tampoco la vida consagrada quiere vivir sometida “al dedo”: el dedo que indica lo que hay que hacer y quién tiene que ejercer una determinada función: ¡el dedo que designa y determina según el propio querer y la propia visión! La vida consagrada ha elegido desde hace tiempo la urna. Contemplando la urna en una gran sala -todavía vacía- me vino a la mente y al corazón la siguiente reflexión, que después comuniqué cuando la sala se llenó de Capitulares ¡Hela aquí!
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