La Navidad de Jesús es explicada por la Iglesia a través de algunos de los textos más sublimes y difíciles de interpretar del nuevo Testamento: unas líneas iniciales de la carta a los Hebreos y el misterioso prólogo del cuarto Evangelio, que nos lanzan más allá del mero relato histórico. Se ha vuelto tópico recurrir estos días al tema de la pobreza y guerra en nuestro mundo… pero ¡qué fácilmente se olvida el Misterio de todos los Misterios! ¡Hay que ser solidarios…. es verdad! Pero, sobre todo, hay que ADORAR, porque 1. “El Verbo se hizo carne”; 2. Era “el Hijo de Dios”; 3. El portador de un inimaginable anuncio.
Navidad significa nacimiento, origen, génesis incesante y poderoso, que vence la muerte y la nada. Pertenecemos a la historia de la Navidad permanente. Pero hay una Navidad que ilumina y engrandece todas las navidades: el Espíritu Santo y María de Nazaret la protagonizan. A ese misterio vamos a dedicar nuestra liturgia en los próximos días. Ese es el camino que vamos a recorrer en cuatro etapas:
Esta noche tiene un encanto especial: en ella nació Jesús. Solamente hay otra noche que se le parece y que la culmina: la vigilia pascual, en que Jesús resucitó. En estas dos noches la Iglesia se pone en vela. La magia de esta noche hace acto de presencia en nuestra sociedad secularizada: música ambiental navideña, regalos mutuos y deseos de paz, cenas familiares. Nosotros la celebramos en la intensidad misteriosa de la Eucaristía de medianoche. En la proclamación de la Palabra se nos transmite un triple mensaje: 1. Una luz grande en medio de la noche (Isaías) 2. Dios floreció en la historia (Lucas) 3. A la espera de la aparición gloriosa (carta a Tito)
Las lecturas de este domingo nos invitan a no desalentarnos: 1) Pide una señal; 2) La esperanza se cumple: ¡reinará por siempre! 3) Guardianes de la esperanza.
Dicen que hay un “más allá” luminoso, apasionado, un “más allá” que “ni el ojo vio, ni el oído oyó”. Dicen que se experimenta el amor en grado sumo “toda sciencia trascendiendo”. Dicen que ese “más allá”, se encuentra aquí, en este “más acá”, pero menos luminoso, menos visible, audible y tangible. San Juan de la Cruz lo experimentó.
Nos podemos confundir en la espera. Podemos emprender el camino desacertado, y situarnos -después- ante la puerta equivocada…. y llegar allá donde no hay nada que esperar. Se nos ofrecen “trayectorias políticas, o incluso religiosas, que no llevan a ninguna parte y a acumular decepción tras decepción. Las lecturas de este tercer domingo de Adviento nos ofrecen una secuencia interesante: 1) Un horizonte idílico; 2) El camino preparado; 3) Un estilo: la esperanza paciente.
Se enciende este domingo la segunda vela del Adviento. Ella simboliza cómo a lo largo de este tiempo se ilumina -cada vez más, domingo a domingo- nuestra esperanza. Nos encontramos en momentos preocupantes: diversos conflictos que nos aquejan, una gran convulsión en el ámbito religioso y en el cristianismo católico, la degradación política, las divisiones en las familias y en las comunidades… No estamos en un momento brillante. Existe demasiada oscuridad. Encender otra pequeña vela, nos lo recuerda: la necesidad de una mayor luminosidad en todo.
Comienza nuestro tiempo sagrado de Adviento y con él -para todos nosotros- un nuevo Año de Gracia. Durante cuatro semanas seremos instruidos por el Espíritu en el arte de la Esperanza. Cada domingo nos ayudará a crecer en ella.
El primer domingo nos inquieta con esta pregunta: ¿Hay que esperar a Alguien?
El segundo domingo nos invita a entrar en el “bautismo de la esperanza” y dejar que ella se apodere de nosotros.
El tercer domingo nos indica “el camino acertado” y nos muestra cómo la paciencia es forma de esperanza
El cuarto domingo nos pide que seamos “guardianes de la Esperanza”
Este tiempo litúrgico nos ofrece una pedagogía para iniciarnos en la espera y el deseo.
Estamos en vela… a la espera, cuando: esperamos algo, cuando esperamos a alguien, también cuando nos tememos algo; o cuando queremos que no se nos pase un acontecimiento previsible. Vemos esta misma actitud de vigilancia, cuando esperamos a alguien en las puertas de salida de las estaciones de autobuses, o del metro, o de los aeropuertos; o cuando llega la hora de un programa que nos interesa… Así mismo esperamos grandes acontecimientos cuando se anuncian con suficiente antelación.
Concluye el año litúrgico. Llegamos al final de nuestro camino espiritual. Y la madre Iglesia nos pone ante nuestra mirada a Jesús, rey del universo. Las tres lecturas nos introducen en el misterio de la realeza de Jesús: hijo del rey David o la reunión de los hermanos dispersos (segundo libro de Samuel), el rey Crucificado y la vuelta al Paraíso (evangelio de Lucas) y el “Hágase la Luz” del Reino en la nueva Creación (carta a los Colosenses).
Primero: Reunión de los hermanos dispersos
La primera lectura nos habla del rey David, que reúne en un solo pueblo a las doce tribus de Israel, antes dispersas y enfrentadas. Se acercaron a verlo y le dijeron: “¡Hueso y carne tuya somos!”. Los ancianos lo ungieron como rey de Israel, como su líder y su pastor, reconociendo que era el elegido de Dios. Y Dios le prometió que siempre tendría un descendiente y que su casa permanecería para siempre.
Y así sucedió. El ángel Gabriel le anunció a María, la esposa de José, hijo de David: “el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin”.
Segundo: De vuelta al Paraíso, al nuevo Edén
La lectura del Evangelio nos presenta el tramo final de la vida de Jesús. Ante Pilato Jesús proclamó: “Yo soy Rey” (Jn 18,37) y, por eso, Pilato mandó poner en la cruz esta inscripción: “Éste es el Rey de los judíos” (Lc 23,38). Las autoridades, el pueblo, los soldados y uno de los malhechores crucificados, se reían, burlaban y hacían muecas ante su Rey. Únicamente uno de los crucificados defendió la inocencia de Jesús y se dirige a Él, como un amigo hacia otro amigo… por su nombre: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” (Lc 23,42), al Paraíso. Murió mirando a Jesús, sufriendo con Él, esperando con Él.
Y la respuesta de Jesús fue: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El “hoy” es estremecedor. Le quita al viernes santo todo su carácter trágico. Y el Paraíso era el horizonte de esperanza y de felicidad.
Tercero: ¡Hágase la luz de la nueva creación!
La segunda lectura de la carta a los Colosenses nos pide que demos gracias a Dios nuestro Padre, porque nos ha sacado del reino de las tinieblas; nos ha trasladado -como al buen ladrón- al Reino de su Hijo querido y por hacernos compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
Jesús es la Luz del mundo. Nosotros somos hijos de la luz, hijos del día. Donde reina el pecado allí hay tinieblas y queda frustrada la orden del Creador que al principio ordenó: “¡Hagase la Luz!”. Cuando Jesús murió las tinieblas cubrieron la tierra. Pero cuando resucitó, ya hay un ser que todo lo ilumina, es el Hijo querido, la imagen misma de Dios invisible, la primera criatura diseñada y generada, el modelo de toda la creación. “Todo fue creado por él y para él”.
Sin luz no hay creación. Sin Jesús-Luz del mundo nada existiría. Todo existe gracias a Él. Su reino es cósmico. Nada se libra de su luminosidad y su calor: ¡Él es la luz del mundo!
Pero también es la cabeza del Cuerpo, de la Iglesia, porque vino a reunirnos a todos como hermanos.
Conclusión
Confesemos, como el buen ladrón, a Jesús como nuestro Rey de Luz. Integrémonos en su Cuerpo, en su Iglesia, como miembros de Cristo, vivos, activos. No tengamos miedo a que nos reconozcan como sus seguidores. Consideremos a todos como hermanos. No idolatremos a nadie. Si somos de Cristo “reinaremos con Él”. O quizá mejor, nos espera su misterioso Paraíso.