
Que el Espíritu Santo nos conceda la gracia de escuchar y creer en el testimonio de Jesús, un testimonio que viene avalado por el testimonio misterio de Dios Padre a través de lo que Jesús hace.
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Que el Espíritu Santo nos conceda la gracia de escuchar y creer en el testimonio de Jesús, un testimonio que viene avalado por el testimonio misterio de Dios Padre a través de lo que Jesús hace.
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Tres son las palabras que condensan el mensaje de la Palabra de Dios en este Domingo quinto de Cuaresma: Alianza, Obediencia y Cruz.
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En medio de la Cuaresma aparece la figura del hombre justo, hijo de David, de Jacob, esposo de María, José. La Iglesia nos lo presenta como un pionero en el camino de la fe.
Jacob fue padre de José, el marido de María, y ella fue la madre de Jesús, a quien llamamos el Mesías. El nacimiento de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José; pero antes de vivir juntos se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciar públicamente a María, decidió separarse de ella en secreto. Ya había pensado hacerlo así, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque el hijo que espera es obra del Espíritu Santo. María tendrá un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús. Se llamará así porque salvará a su pueblo de sus pecados”. Cuando José despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado (Mt 1,16.18-21.24a:).
“El esposo de María, la madre de Jesús” es la expresión que identifica a José.
También José -como María, su esposa- pasó por la noche de la fe.
Abbá, nadie queda excluido de tu proyecto. Para cada uno de nosotros tienes reservado “un camino virgen” como decía tu poeta León Felipe. Gracias por tus llamadas, por esta gran convocación que vas realizando a lo largo de la historia de la humanidad. Muchas gracias por dirigirnos también a nosotros tu llamada. Que brote espontáneo de nuestro corazón un permanente ¡fiat!
José, María, fueron los primeros llamados, pero no lo únicos.
Sintámonos un instrumento dentro de una gran orquesta. Unido o unida a toda ella tratemos de escuchar la música del Reino de Dios, interpretada por todos.
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Seguimos profundizando en la revelación del Abbá que Jesús nos va haciendo en este camino de la Cuaresma. Que el Espíritu Santo sensibilice nuestro corazón ante las enseñanzas de nuestro Maestro.
En aquel tiempo dijo Jesús: “Si yo diera testimonio en favor mío, mi testimonio no valdría como prueba; pero hay otro que da testimonio en mi favor, y me consta que su testimonio sí vale como prueba. Vosotros enviasteis a preguntarle a Juan, y lo que él respondió es cierto. Pero yo no dependo del testimonio de ningún hombre; sólo digo esto para que vosotros podáis ser salvos. Juan era como una lámpara que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis gozar de su luz un poco de tiempo. Pero tengo a mi favor un testimonio de más valor que el de Juan. Lo que yo hago, que es lo que el Padre me encargó que hiciera, prueba que de veras el Padre me ha enviado. Y también el Padre, que me ha enviado, da testimonio a mi favor, a pesar de que nunca habéis oído su voz ni lo habéis visto ni su mensaje ha penetrado en vosotros, porque no creéis en aquel que el Padre envió. Estudiáis las Escrituras con toda atención porque esperáis encontrar en ellas la vida eterna; y precisamente las Escrituras dan testimonio de mí. Sin embargo, no queréis venir a mí para tener esa vida. Yo no acepto honores que vengan de los hombres. Además os conozco y sé que no amáis a Dios. Yo he venido en nombre de mi Padre y no me aceptáis; en cambio aceptaríais a cualquier otro que viniera en nombre propio. ¿Cómo podéis creer, si recibís honores unos de otros y no buscáis los honores que vienen del Dios único? No creáis que yo os voy a acusar delante de mi Padre. El que os acusa es Moisés mismo, en quien habéis puesto vuestra esperanza. Porque si vosotros creyerais a Moisés, también me creeríais a mí, porque Moisés escribió acerca de mí. Pero si no creéis lo que él escribió, ¿cómo vais a creer lo que yo os digo?” Jn 5,31-47.
¿Quién puede probar que Jesús es el Hijo de Dios?
Es interesante la forma cómo Jesús nos habla del testimonio.
Abbá y Santo Espíritu, acogednos como humilde parte de vuestro testimonio en favor de Jesús; queremos colaborar en la transmisión de la fe que vosotros vais realizando en el corazón de los fieles; que venga a la tierra una época de oro de la fe. ¡La necesitamos tanto!
Para ser testigo no necesitamos ser super-santos, ni saber mucho; tampoco depende de la edad; no importa si uno es joven o jubilado, niño o anciano, sano o enfermo. En toda circunstancia podemos ejercer el testimonio, venciendo nuestra timidez y convirtiéndonos en anuncio humanos de Jesús, de su bondad, de su amor, de su divinidad. Somos la publicidad de Jesús.
Hoy trataré de sentirme testigo de Jesús y de transmitir mi fe, siendo consciente de que no soy el único, porque pertenezco a la Iglesia y a la humanidad de tanta gente de buena voluntad.
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A partir de ahora, la lectio divina nos irá introduciendo en una progresiva revelación de la identidad de Jesús a partir de su relación con Dios Padre. Dejémonos envolver en el clima que el cuarto evangelio crea: por una parte amenazas de muerte, por otra la revelación de la identidad misteriosa de Jesús.
En aquel tiempo Jesús les dijo: “Mi Padre no cesa de trabajar y yo también trabajo”. Por eso los judíos tenían aún más ganas de matarle, porque no sólo no observaba el mandato sobre el sábado, sino que además se hacía igual a Dios al decir que Dios era su propio Padre. Jesús les dijo: “Os aseguro que el Hijo de Dios no puede hacer nada por su propia cuenta; sólo hace lo que ve hacer al Padre. Todo lo que el Padre hace, lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace; y le mostrará cosas aún más grandes, que os dejarán asombrados. Pues así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, también el Hijo da vida a quienes quiere dársela. Y el Padre no juzga a nadie, sino que ha dado a su Hijo todo el poder de juzgar, para que todos den al Hijo la misma honra que dan al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre, que lo ha enviado. Os aseguro que quien presta atención a mis palabras y cree en el que me envió, tiene vida eterna; y no será condenado, pues ha pasado de la muerte a la vida. Os aseguro que viene la hora, y es ahora mismo, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán. Porque así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha hecho que el Hijo tenga vida en sí mismo, y le ha dado autoridad para juzgar, por cuanto que es el Hijo del hombre. No os admiréis de esto, porque va a llegar la hora en que todos los muertos oirán su voz y saldrán de las tumbas. Los que hicieron el bien resucitarán para tener vida, pero los que hicieron el mal resucitarán para ser condenados. Yo no puedo hacer nada por mi propia cuenta. Juzgo según el Padre me ordena, y mi juicio es justo, porque no trato de hacer mi voluntad sino la voluntad del Padre, que me ha enviado” (Jn 5,17-30).
El Evangelio proclamado nos presenta a Jesús desde la perspectiva de la acción, del trabajo .
Esta es la clave de la misión en la Iglesia: colaborar en la misión que el mismo Dios realiza, como hizo Jesús.
Para ello es necesario vivir en estrecha comunión con el Padre y con Jesús para que la misión no pierda su orientación divina, su protagonismo divino.
No es la Iglesia la que hace la misión. Es la misión la que hace a la Iglesia.
Jesús, nos resulta impresionante la imagen del Abbá que nos transmites: el que trabaja sin cesar; tú te dejaste cautivar por su dinamismo infinito y por eso eres imagen del Abbá dando vida, pronunciando palabras que resucitan, haciendo que los muertos escuchen tu voz y revivan. Haz que sintamos en nuestro interior tu presencia que todo lo dinamiza y vivifica.
Tomo conciencia de estar trabajando junto a Dios y colaborando con Él.
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La figura de José, el esposo de María, sigue siendo misteriosa. Hay cristologías y mariologías que apenas aluden a él, o incluso lo eluden.
Hay, sin embargo, artistas que lo han representado de mil formas, iglesias que veneran sus imágenes. personas, ciudades, naciones que llevan su nombre.
José es uno de los personajes más enigmáticos y mágicos de la historia: el testigo de la infancia, adolescencia y tal vez juventud de Jesús. El varón que nos evoca la “otra responsabilidad”, “la otra paternidad”. María encontró en él no solo a su protector, su guardaespaldas, sino a su auténtico y misterioso esposo: a quien más la respetó, más la amó (¿sería posible estar junto a ella y no amarla?), con quien más colaboró… Jesús encontró en él el reflejo del Dios-Padre, a Dios reducido a niño, a adolescente, a joven… José tuvo que ser muy feliz, tuvo que sonreír mucho, tuvo muchos motivos para soñar y estar seguro de todas sus importantes decisiones. ¡Siempre tenía algún ángel a su disposición -quién sabe si el mismo Espíritu Santo en forma de ángel-, que le impulsaba a discernir y decidirse!
Por eso, he podido cumplir un deseo que llevaba dentro desde hace muchos años: escribir algo sobre san José… Y el resultado es un librito que la editorial del Perpetuo Socorro ha acogido con interés, y que he titulado “San José, corazón de esposo y de padre”. En la página web de la editorial se puede adquirir y desde allí lo envían rápidamente, según me indica su amable director, el Padre Fran.
https://pseditorial.com/inicio/242-san-jose-corazon-de-esposo-y-padre.html
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Algún tiempo después celebraban los judíos una fiesta, por lo que Jesús regresó a Jerusalén. En Jerusalén, cerca de la puerta llamada de las Ovejas, hay un estanque llamado en hebreo Betzatá. Tiene cinco pórticos, en los que, echados en el suelo, se encontraban muchos enfermos, ciegos, cojos y tullidos. Había entre ellos un hombre enfermo desde hacía treinta y ocho años. Cuando Jesús lo vio allí tendido y supo del mucho tiempo que llevaba enfermo, le preguntó: “¿Quieres recobrar la salud?”. El enfermo le contestó: “Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando se remueve el agua. Para cuando llego, ya se me ha adelantado otro”. Jesús le dijo: “Levántate, recoge tu camilla y anda”. En aquel momento el hombre recobró la salud, recogió su camilla y echó a andar. Pero como era sábado, los judíos dijeron al que había sido sanado: “Hoy es sábado; no te está permitido llevar tu camilla”. El hombre les contestó: “El que me devolvió la salud me dijo: ‘Recoge tu camilla y anda’“. Ellos le preguntaron: “¿Quién es el que te dijo: ‘Recoge tu camilla y anda’?”. Pero el hombre no sabía quién le había curado, porque Jesús había desaparecido entre la multitud. Después, en el templo, Jesús se encontró con él y le dijo: “Mira, ahora que ya has recobrado la salud no vuelvas a pecar, no sea que te pase algo peor”. El hombre se fue y dijo a los judíos que Jesús era quien le había devuelto la salud. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado. (Jn 5,1-3.5-16)
Dispongámonos a reconocer lo que nos paraliza y a pedir a Jesús que nos devuelva la movilidad.
El relato evangélico de este día merece una especial consideración:
Hay gente a quien le preocupa más el cumplimiento de la ley de Dios, que Dios mismo y sus manifestaciones de gracia. Jesús sabía que Dios no está sometido a las leyes religiosas. Por eso, curó a aquel pobre enfermo en sábado y le mandó irse a su casa con la camilla en sábado. Decía de esta manera que es el sábado para el hombre y no el hombre para el sábado.
El legalismo nos vuelve insensibles a la gracia de Dios; destruye en nosotros la compasión; nos aleja del sufrimiento del mundo. Por eso, el seguimiento de Jesús nos lleva al mundo del dolor. Y el mundo del dolor hace que ningún mandamiento se sobreponga a lo único necesario: ¡amar! Y ¡actuar!
Jesús, cúranos de nuestra parálisis misionera. Tu Iglesia a veces se queda demasiado afincada en sus espacios y no sale en busca de los alejados, de la oveja perdida. Descéntranos y envíanos de nuevos para que llevemos tu vida a los necesitados.
La llamada de la Iglesia a transmitir la fe cristiana presupone que en la iglesia padecemos una cierta parálisis misionera. No sentimos la necesidad de tomar nuestra camilla y andar; evitamos entrar en conflicto con la sociedad; no proclamamos la verdad de la Gracia que nos ha sido concedida. Quiera Dios que aprendamos del paralítico a dar testimonio de Jesús a un mundo que tanto lo necesita.
Ante la imposibilidad de superar ciertos defectos, ponte en la ocasión de escuchar a Jesús estas palabras: “¿Quieres recobrar la salud?” y espera a escuchar lo que te sugiere o manda.
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Dos días más tarde salió Jesús de Samaria y continuó su viaje a Galilea. Porque, como él mismo afirmaba, a ningún profeta lo honran en su propia tierra. Al llegar a Galilea fue bien recibido por los galileos, porque también ellos habían estado en Jerusalén en la fiesta de la Pascua y habían visto todo lo que él hizo entonces. Jesús regresó a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Se encontraba allí un alto oficial del rey, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Cuando este oficial supo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle y le rogó que bajase a su casa a sanar a su hijo, que se estaba muriendo. Jesús le contestó: “No creeréis, si no veis señales y milagros”. Pero el oficial insistió: “Señor, ven pronto, antes que mi hijo muera”. Jesús le dijo entonces: “Vuelve a casa. Tu hijo vive”. El hombre creyó lo que Jesús le había dicho, y se fue. Mientras regresaba a casa, sus criados salieron a su encuentro y le dijeron: “¡Tu hijo vive!”. Les preguntó a qué hora había comenzado a sentirse mejor su hijo, y le contestaron: “Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre”. El padre se dio cuenta entonces de que a esa misma hora le había dicho Jesús: “Tu hijo vive”. Y él y toda su familia creyeron en Jesús. Ésta fue la segunda señal milagrosa hecha por Jesús al volver de Judea a Galilea Jn 4,43-54:.
Para quien tiene fe en Jesús, nada es imposible. Hemos de decírnoslo muchas veces durante este tiempo de pandemia. La respuesta de Dios a nuestros deseos solo se comprende en el conjunto de su misteriosa voluntad. No hemos de olvidar que la fe que Jesús pedía excedía el mero cumplimiento del deseo…. era la fe en que estamos en las manos del Abbá…. y nada, ni nadie nos podrá separar de su Amor: “tanto amó Dios al mundo”…. Es la fe en su Providencia: “Dios proveerá”. Lo que es bueno o malo para nosotros…. lo descubriremos cuando nuestro buen Dios nos lo revele.
El centro del relato evangélico de este día se encuentra en esta frase: “Vuelve a casa. Tu hijo vive. El hombre creyó”. Creer en la Palabra de Jesús abre la puerta a nuevas posibilidades. El oficial del rey recurre a Jesús como último recurso, pues su hijo está para morir. Le insiste que baje a su casa. Bien sabía que Jesús no era médico; pero de seguro que tenía la convicción interior de que de Jesús emanaba la vida. El resultado de esta curación fue que el oficial y toda su familia creyeron en Jesús, es decir, pusieron a Jesús en el centro y en torno a Él configuraron a partir de entonces su vida.
Quienes ven la realidad de forma más racionalista, como un objeto con sus reglas inmutables- se resisten a creer en las curaciones, en lo no previsto por las leyes naturales.
Sin embargo, quien contempla el mundo como un sujeto, como un haz de relaciones complejísimas y alianzas misteriosas, cree que es posible lo que parece imposible: nada es imposible para quien cree.
Hay que creer para ver, para sentir lo nuevo. Es lo que comprendió el oficial del rey al acercarse a Jesús y pedirle lo que parecía imposible.
También tú, Jesús, te puedes lamentar de nuestra micro-pistía o pequeñísima fe. Sin esa confianza desmesurada en tí, ¿adónde llegaremos? ¿qué alcanzaremos? Necesitamos que aumentes nuestra fe para vivir libres, abiertos a la realidad, como seres capaces de soñar lo imposible para llegar a lo imprevisible.
El desconfiado ve por doquier obstáculos, amenazas, limitaciones. Quien tiene fe ve en los obstáculos desafíos, en los desafíos posibilidades, en las posibilidades nuevas realizaciones. Quien cree, crea.
Repite durante este día en varias ocasiones: “Jesús, confío en ti”, o “para la fe, nada hay imposible”.
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Podría parecer que hablar del amor de Dios hacia todos nosotros es un eufemismo, una expresión bella pero no real. Podrían hablar tantas personas que sienten y han sentido la fuerza del mal en su vida, que han clamado y no han encontrado respuesta. Podrían hablar quienes se sienten solos, quienes aman lo imposible, quienes no perciben una mirada amable durante tiempo y tiempo. Es fácil decir, cantar, que “Dios me ama”. Pero ¿quienes son los privilegiados que así lo experimentan? En tiempos de guerra, de epidemia, de deshojamiento de todos los bienes materiales, de fracaso total, ¿podrán decir aquellos que mueren en la batalla, que Dios los ama? Hoy cuarto domingo, 14 de marzo 2021… tras un año de confinamiento.
¡Dios no se aleja… somos nosotros quienes nos alejamos de él!
Pero también nosotros, como el pueblo de Israel (primera lectura) somos infieles a la Alianza, echamos a Dios en el olvido. Endurecemos el corazón y nos apartamos de él.
No solo nosotros, nuestros guías, nuestros pastores, con su insensibilidad, con su preocupación “por otros asuntos”, pueden favorecer el clima de ausencia de Dios. Pero Dios no está ausente… somos nosotros los que nos ausentamos de su discreta presencia.
¡No digamos nunca que voluntad de Dios son el mal, el sufrimiento, la desgracia!
Es extraño que Dios busque a veces personajes alternativos para realizar su proyecto. Si no puede contar con su pueblo, ni con sus sacerdotes o profetas, entonces hace surgir un personaje profano, como Ciro, y lo convierte en su instrumento más válido.
El pueblo había destruido el Templo y la presencia de Dios. Ciro, el pagano, lo reconstruye y reconoce la Presencia. También hoy surgen personajes –en todos los ámbitos– que realizan el proyecto de Dios y lo hacen más presentes, que aquellos que nos creemos “los suyos”.
Es el Hijo enviado. Es el regalo de Dios sin arrepentimiento.
Creer que el mejor cristiano es aquel o aquella que “cumple”, que puede aducir un catálogo de obras rectas, buenas… Pensar que se salva aquel hombre, aquella mujer que se esfuerza en hacer el bien, que es consecuente con aquello a lo que se compromete… Definir la propia vida desde el cumplimiento de lo mandado… Todo eso ¡está bien! Pero es insuficiente. ¡Radicalmente insuficiente!
Buenas obras son aquellas que nacen de una experiencia inesperada. Quien sienta en su vida la Misericordia, quien se vea envuelto “gratuitamente” por el Amor entrañable, quien se descubra como “hechura de Dios”… comenzará a vivir de otra manera. No estará satisfecho de lo que hace. No se preocupará tampoco por sus defectos y limitaciones. Dirá siempre: ¡es don de Dios! ¡Hechura suya somos!
Hay un dicho popular castellano que afirma: “sólo se lame, lo que se pare”. Revela cómo somos los humanos. Lo que más cuidamos y mimamos es aquello que es obra nuestra. Lo demás nos interesa, pero… ¡menos! Sí, sólo se lame lo que se pare. Si esto lo trasladamos a nuestro Dios, si somos obra suya, Él es el más interesado en cuidarnos, en mantenernos en forma, por eso no puede abandonarnos en los momentos de mayor deterioro. Nuestra humanidad en este tiempo no está dejada de su mano. Hay un clamor profundo, es la voz de Dios gritando entre nosotros por el cese de la violencia, por la paz, por el amor mutuo. ¡No destruyamos la obra de Dios! Y… a pesar de todo… Él nos seguirá amando. Y habrá perdón…
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En aquel tiempo Jesús contó esta otra parábola para algunos que se consideraban a sí mismos justos y despreciaban a los demás: “Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de esos que cobran impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Ni tampoco soy como ese cobrador de impuestos. Ayuno dos veces por semana y te doy la décima parte de todo lo que gano’. A cierta distancia, el cobrador de impuestos ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ’¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador!’ Os digo que este cobrador de impuestos volvió a su casa perdonado por Dios; pero no el fariseo. Porque el que a sí mismo se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido”.
Pensemos cómo nos presentamos ante nuestro Dios: si como el publicano o el fariseo. Tal vez las dos actitudes estén mezcladas en nuestro corazón. Que el Espíritu nos purifique con la fuerza transformadora de la Palabra.
La parábola que Jesús propone a quienes se consideraban a sí mismos justos y despreciaban a los demás nos invita a cambiar de paradigma religioso: no es justo ante Dios quien se autojustifica y, por añadidura, se compara con otros. Ese fue el caso del fariseo que fue al templo a orar. Es justo ante Dios quien humildemente le pide a Dios que lo justifique. La religión del Reino de Dios no se construye desde la vanagloria, los méritos personales, las pretensiones de superioridad. La religión que le agrada a Dios es la del “corazón contrito y humillado”, la de la solidaridad con los últimos.
Hay en nosotros una innata tendencia a compararnos con los demás y, en esa comparación, creernos mejores. En ese momento nos volvemos jueves y le impedimos a Dios ser el único juez. Quien renuncia a compararse con los demás y a juzgarlos, se descubrirá pobre y necesitado ante Dios. Hará suya la oración de Jesús, tan valorada en la iglesia ortodoxa: “Señor Jesús, hijo de Dios vivo, ¡ten compasión de mi! Solo quien pone toda su confianza en el Señor y deja de juzgarse y compararse con otros, será justificado.
Señor Jesús, hijo de Dios vivo, ¡ten compasión de mi! Soy muy débil. No puedo presumir de mis méritos. Dependo totalmente de su gracia, de tu mirada. Acógeme. Envíame tu Espíritu. Que sólo Él puede hacer que cada día me asemeje más a Ti.
La comunión en las cosas negativas es también creadora de comunidad. Ante la cruz de Jesús, ¿quién puede presumir de justo, de santo? Ante ella, todos nos sentimos solidariamente culpables, pecadores, necesitados de salvación.
Aprovecha una oportunidad en este día para confesar tu pecado ante Dios, como el publicano. Y sentirás la mirada amorosa y misericordiosa de nuestro Abbá.
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